martes, 29 de septiembre de 2009

Esc.27 INT. HERMANDAD DE LOS GUIONISTAS -- DÍA

"Me mortifica un poco eso de sentir que nadie cree que realmente alguna vez mejoren nuestras condiciones de trabajo; o quizás es sólo una sensación mía, pero...", me dijo via e-mail un colega, hace un par de días. Mi contestación fue que no creía que fuera una sensación solamente de él. Era, por lo menos, de varios. Por momentos, seguramente de muchos.

Siento que hay dos niveles de preocupación en lo que expresa el colega. Un problema de orden laboral. Y otro, de orden emocional.

En lo que respecta al primero: parecería, desde el sentido común, que la mejoría de las condiciones de trabajo debería provenir de una mejoría en el mercado. Cuanto más se produzca, más trabajo habrá. Esta regla, sin embargo, no siempre se aplica. Que haya más trabajo no significa que seamos mejor tratados profesionalmente, económicamente, humanamente.
Para que esto suceda, más allá de los vaivenes del mercado, es necesario que, de una vez por todas, los autores en la Argentina tengamos protección gremial. Nuestro propio Writers Guild of America (que en una decisión histórica, paró la industria audiovisual norteamericana en busca de mejores condiciones para los guionistas de ese país). Argentores no sirve. Aun como ente recaudador, su eficacia es cuestionable (no tiene acuerdos con todos los países donde se ve lo que escribimos). Y como intermediario... bueno, digamos que sus abogados no han hecho nada efectivo por nadie que yo conozca (por favor, se ruega desmentir a quienes tengan una información diferente). Necesitamos lo mismo que tienen los actores: un gremio para detenga una grabación si hace falta, allí donde nuestros derechos laborales sean vulnerados.

En lo que respecta a lo segundo, al orden emocional, creo que aquí tenemos un problema de desesperanza. Gente con 10, 20 años en la profesión, ya han perdido la fe en que algún día tengamos nuestro propio WGA, nuestro propio "guardaespaldas". Todo el mundo se ha resignado a que estas son las reglas, a que no es posible cambiarlas, y se ha adaptado a nadar con la corriente, defendiéndose y sobreviviendo con armas propias.
Esto ha hecho que, como grupo profesional, crezcamos apartados los unos de los otros, mirándonos muchas veces como competencia antes que como colegas. Hay amistades entre nosotros, claro, pero no unión. Muchas veces, ni siquiera internamente dentro de los equipos. La escala de pagos del mercado nos ha impuesto un escalafón donde el dialoguista está al fondo de la pirámide, sin que su voz sea escuchada, y el autor casi en la punta, sintiendo que no tiene que escuchar a nadie. Y compramos este escalafón sin chistar, entre otros pescados podridos que nos han vendido.

En definitiva, creemos que nos puede ir mejor a cada uno de nosotros, si sabemos jugar bien nuestras fichas; pero no creemos que como grupo, las cosas puedan mejorar. Quizá no creamos ni siquiera que hay un grupo... ¿cómo podría existir, entonces?
Podemos ser mucho mejores de lo que somos, como miembros de la Hermandad de los Guionistas. Quizá, cuando esto suceda, tengamos mejor representación, y no viceversa.

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