Siempre que encuentro algún artículo sobre la relación entre guionistas y escritores, me siento tentado de postearlo. Probablemente tenga que ver con mi propia dicotomía (si es que efectivamente la hay), entre el guionista que soy y el escritor que soñé ser desde la primera vez que empecé a escribir.
Un año y medio atrás, atraído primero por las reseñas y luego por el éxito de No es un país para viejos (la película de los hermanos Cohen inspirada en su libro del mismo nombre), leí La Carretera, que le valió a Cormac McCarthy (71 años) el Premio Pulitzer. No fue una experiencia sencilla. La prosa de McCarthy es ardua, concisa, casi telegráfica, y recorrer página a página es como transitar por un camino lleno de baches que nos hace rechinar los dientes (y también el ánimo y el alma), estilo que se aviene como un guante el tema del libro: un padre y un hijo tratando de sobrevivir en un mundo desolado y posnuclear. El libro no tiene nada de épica scifi. Es como un diario de viaje, que narra el micromundo de la supervivencia diaria, de la angustia de ese padre que teme no poder ver crecer a su hijo.
No abundo más en la trama, para no molestar la experiencia de aquellos que aun lo tengan en la lista de pendientes.
El sábado, encontré en la revista Ñ de Clarín un artículo escrito por Joe Penhall, el guionista de la versión cinematográfica de La Carretera, protagonizada por Viggo Mortensen y Robert Duvall, pronta estrenarse en nuestro país, y circulando desde hace algún tiempo en la web.
Penhall relata un día muy particular en su vida: aquel en que McCarthy, ermitaño de la talla del recientemente fallecido Salinger, se avino a ver la copia final de la versión cinematográfica de su libro junto al guionista y a John Hillcoat, el director.
De inmediato, se destaca en el artículo el respeto (y casi, el miedo) que la visita despierta en Penhall. Como "traductor", la opinión de McCarthy se vuele de enorme peso para él. "Sabíamos que solamente la bendición de McCarthy nos permitiría estrenar una película con la que estuviéramos conformes", dice Penhall al principio del artículo.
A lo largo de la visualización del film, relata Penhall, McCarthy no paró de tomar notas. Luego de "caído el telón", se excuso para ir al baño, quizá como forma de crear suspenso, y solo a su regreso dió veredicto: "Es muy buena, potente, una película como ninguna que haya visto". Más allá de las apreciaciones obviamente subjetivas del escritor, lo más sabroso continuó luego, con una salida a comer de los tres.
"Lo primero que dijo sobre la película es que le gustaba la voz en off", cuenta Penhall. "Esto había sido una fuente de conflicto por mucho tiempo. Inicialmente, yo la quería para capturar el estilo de prosa de McCarthy, pero Hillcoat no. Después, una vez filmada, los productores pidieron la voz en off. Cuando finalmente me senté en un hotel de Sunset Strip para terminar de escribirlo, con ocho personas preocupadísimas en llamada de conferencia opinando sobre cada palabra, el voiceover parecía destinado al fracaso. Ahora nos lo había aprobado el autor mismo".
"A la mañana siguiente, a las ocho en punto, aparecieron en el fax cuatro páginas tipiadas de notas transcritas por McCarthy de su cuaderno de reportero", finaliza Penhall. "Hillcoat había cortado lo que tal vez era el dialogo más emocionante de la película: '¿Qué harías si yo muriera?' le pregunta el niño a su padre. 'Quisiera morir yo también', contesta el padre, con la ternura salvaje que caracteriza al libro. 'Este intercambio', insistió McCarthy con modestia, 'es importante'. Hillcoat rápidamente la restituyó".
Para terminar, encontré especialmente interesante otro párrafo de la nota, dedicado a las motivaciones. A lo largo del almuerzo que compartieron, "por supuesto, hablamos de John, su amado hijo que inspiró tanto de La carretera", cuenta Penhall."Nació cuando McCarthy tenía casi 70 años, su mayor premio llegado tan tarde. Un creciente temor a la muerte y de qué significará para John es lo que motivó en Cormac La carretera. Yo había comenzado mi guión poco después de que murió mi padre y estaba identificándome con el hijo de la novela. Pero cuando empezamos a editar la película, mi mujer estaba embarazada y comencé a identificarme más con el padre, quien –mientras el mundo se quema– va perdiendo las esperanzas de ver su hijo crecer".
Creo que aquí se delata algo importante: por un lado, el necesario respeto hacia un autor cuando nos ocupamos de una adaptación; por otro, lo necesario que es que nos involucremos en el material desde un punto de vista propio, particular, y por lo menos igual de movilizante que aquel que pudo tener la persona que escribió el texto original.
Les recomiendo el texto completo de la nota, que no tiene desperdicio, y por supuesto, la novela de McCarthy. Veremos que nos suma la película cuando se estrene.
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lunes 8 de febrero de 2010
viernes 5 de febrero de 2010
ESC.75 EXT. COLABORADORES EN PAPEL -- DÍA
En los últimos dos meses, ha salido una cantidad de material importante sobre Ciega a Citas. Aunque estamos en un canal público, Clarín, el Gran Diario Argentino de Oposición (o eso dice el gobierno al menos), saca constantemente información sobre lo que va sucediendo en el programa. Lo mismo los sites de Internet dedicados a espectáculos, y también otros medios gráficos.
Marta Betoldi, la autora de Citas, viene tratando de que mencionen en dichas notas al resto del equipo. Ella está convencida de que la forma en la que trabajamos, merece ser mencionada, y por tanto el resto del equipo autoral que la acompaña. Porque, justamente, la propuesta es que cada uno de los miembros del grupo trabaje como autor, haciéndose cargo de su material no como un "subalterno", digamos, sino como un autor con plena libertad (y responsabilidad), sobre el material.
Marta no tuvo mucha suerte en lograr que esto se reflejara. Tres veces nos mencionó, en distintas notas para distintos medios, y tres veces nos pasaron por alto, sea por cuestiones de espacio... u otras.
Finalmente, hoy en el suplemento Las 12, de Página 12, salió una nota muy cuidada sobre el fenómeno del programa, escrita por Moira Soto, donde se entrevista tanto a Marta como a Muriel Santa Ana.
No solo la nota se detiene en analizar el proceso de trabajo, lo que se quiere intentar (básicamente, cruzar el lenguaje sitcom con el formato tira), sino que, en el último párrafo, se mencionan a todos los integrantes del equipo.
Creo que es un logro importante. Primero, que se le de un lugar al autor, que se lo reconozca por su importancia real dentro del proceso de creación televisiva. Segundo, que se le de reconocimiento a la gente que apoya al autor en este desafío.
Gracias a Marta por insistir, y a Moira Soto por "imprimir".
A los que les interese, pueden leer la nota haciendo click sobre la imagen aquí abajo.
Buen fin de semana para todos!
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Marta Betoldi, la autora de Citas, viene tratando de que mencionen en dichas notas al resto del equipo. Ella está convencida de que la forma en la que trabajamos, merece ser mencionada, y por tanto el resto del equipo autoral que la acompaña. Porque, justamente, la propuesta es que cada uno de los miembros del grupo trabaje como autor, haciéndose cargo de su material no como un "subalterno", digamos, sino como un autor con plena libertad (y responsabilidad), sobre el material.
Marta no tuvo mucha suerte en lograr que esto se reflejara. Tres veces nos mencionó, en distintas notas para distintos medios, y tres veces nos pasaron por alto, sea por cuestiones de espacio... u otras.
Finalmente, hoy en el suplemento Las 12, de Página 12, salió una nota muy cuidada sobre el fenómeno del programa, escrita por Moira Soto, donde se entrevista tanto a Marta como a Muriel Santa Ana.
No solo la nota se detiene en analizar el proceso de trabajo, lo que se quiere intentar (básicamente, cruzar el lenguaje sitcom con el formato tira), sino que, en el último párrafo, se mencionan a todos los integrantes del equipo.
Creo que es un logro importante. Primero, que se le de un lugar al autor, que se lo reconozca por su importancia real dentro del proceso de creación televisiva. Segundo, que se le de reconocimiento a la gente que apoya al autor en este desafío.
Gracias a Marta por insistir, y a Moira Soto por "imprimir".
A los que les interese, pueden leer la nota haciendo click sobre la imagen aquí abajo.
Buen fin de semana para todos!
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martes 2 de febrero de 2010
ESC.74 EXT. ISLA OCULTA -- DÍA
El final es el principio es el final (Smashing Pumpkins dixit). Me parece apropiado como cita para el estreno televisivo de hoy. En Estados Unidos, por lo menos; aquí tenemos que esperar una semana más, hasta el martes 9 de febrero a las 21 horas. Estoy hablando del primer episodio de la temporada final de LOST, la serie fenómeno de JJ. Abrams.
Una de las cuestiones más debatidas respecto del final de LOST, es si estará a la altura del resto de las serie; más particularmente, del misterio planteado desde el origen. Lindelof y Cuse, los productores, ya deslizaron en una entrevista que no todos los misterios serán resueltos: consideran apropiado que algunas cosas queden sin explicación. ¿Apropiado o necesario? Solo ellos lo saben realmente.
LOST se asemeja, en varios niveles, a The X Files, la serie de culto de los 90 por excelencia. Luego de 9 temporadas y una película, la "mitología" del programa era tan densa, que pretender explicar todo lo visto era casi imposible. Entonces, la serie jugó con las trampas de la memoria, con los saltos de fe, y con los golpes de efecto consistentes en patear la pelota hacia adelante: en cierta fecha de 2012 llegaría la invasión alienígena... ¿para qué preocuparse por el resto?
Como televidentes, muchas veces exigimos conocer todas las respuestas. Pero ¿sabemos todas las preguntas? Creo que muchos discursos de ficción apuntan a esta "debilidad" no solo en nuestra memoria, sino en nuestra capacidad de atención, y, más que nada, en la forma en que vemos televisión, como construimos lazos con la historia pero, sobre todo, con los personajes.
En este sentido, me viene a le mente una comparación que a muchos puede parecerles hereje. En 2006 tuve la oportunidad de escribir una telenovela para Rumania. Tenía componentes de misterio, incluso sobrenaturales, acompañando como guarnición a una historia antes que nada de amor, pero también policial. La telenovela llegó a sumar 160 capítulos, y la cantidad de cabos sueltos que quedaron de tamaña cantidad de horas de televisión fueron considerables. Algunos fueron decisiones. Otros, omisiones. Varios, olvidos. ¿Cómo resolver el "apilamiento" de situaciones necesarias para sostener un relato así? Una película tiene, normalmente, dos turning points. Un capítulo de televisión, tantos como cortes tenga, sin contar el del final del capítulo. Situación sobre situación sobre situación. Impacto sobre impacto sobre impacto. Misterios, dudas, cambios de bando, amores cruzados, traiciones, planes imposibles, puertas que se abren constantemente revelando sorpresas. Les aseguro que resolver todo aquello para que cierre el final es prácticamente imposible.
E innecesario en un punto.
Hay algunas preguntas medulares que uno necesita que LOST responda. ¿Fue el destino o quien llevó a los protagonistas a la Isla (lo que trae otra pregunta: qué significa "destino" dentro de la serie? ¿Richad Alpert llegó en el Black Rock... cuál es su verdadero lugar en la historia? ¿Quién es Jacob y su misteriosa némesis, el hombre de negro? ¿De qué civilización son las ruinas que hay en la isla?
Bueno, no tiene mucho sentido hacer una lista extensiva.
Pero hay otro nivel de preguntas importantes: ¿Jack y Kate lograrán estar juntos definitivamente? ¿Sawyer encontrará la forma de expiar los pecados que lo atormentan? ¿Jin y Sun se reunirán? ¿Regresará Charley de la muerte?
Preguntas relacionadas con las empatías que hemos construido. Porque un programa puede tener grandes misterios, pero si no genera empatías con los personajes, esos misterios están muertos.
La resolución de LOST no puede ser sino frustrante para aquellos que se han dedicado a compilar hechos, fechas, relaciones, misterios, etc.
Para disfrutar del final de la serie, hay que poder reconocer su verdadero logro; que no es haber encontrado una historia original (aunque no le falte mérito en este sentido), sino haber profundizado sobre una forma diferente de contar. LOST representa el triunfo del continente sobre el contenido; o pensándolo un poco más, quizá el triunfo sea haber logrado que contenido y continente se amalgamaran en una fórmula única.
De todas formas, son solo ideas. Una de las fortaleza de LOST es no poder ser reducido a una simple fórmula. LOST es más que la suma de sus elementos. Es un programa vivo, lleno de magia.
Y como suele suceder en los espectáculos de magia, el disfrute no está en saber cómo fue hecho el truco.
Eso no lo sabremos nunca. Solo nos queda dejarnos iluminar por la posibilidad de lo increíble.
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Una de las cuestiones más debatidas respecto del final de LOST, es si estará a la altura del resto de las serie; más particularmente, del misterio planteado desde el origen. Lindelof y Cuse, los productores, ya deslizaron en una entrevista que no todos los misterios serán resueltos: consideran apropiado que algunas cosas queden sin explicación. ¿Apropiado o necesario? Solo ellos lo saben realmente.
LOST se asemeja, en varios niveles, a The X Files, la serie de culto de los 90 por excelencia. Luego de 9 temporadas y una película, la "mitología" del programa era tan densa, que pretender explicar todo lo visto era casi imposible. Entonces, la serie jugó con las trampas de la memoria, con los saltos de fe, y con los golpes de efecto consistentes en patear la pelota hacia adelante: en cierta fecha de 2012 llegaría la invasión alienígena... ¿para qué preocuparse por el resto?
Como televidentes, muchas veces exigimos conocer todas las respuestas. Pero ¿sabemos todas las preguntas? Creo que muchos discursos de ficción apuntan a esta "debilidad" no solo en nuestra memoria, sino en nuestra capacidad de atención, y, más que nada, en la forma en que vemos televisión, como construimos lazos con la historia pero, sobre todo, con los personajes.
En este sentido, me viene a le mente una comparación que a muchos puede parecerles hereje. En 2006 tuve la oportunidad de escribir una telenovela para Rumania. Tenía componentes de misterio, incluso sobrenaturales, acompañando como guarnición a una historia antes que nada de amor, pero también policial. La telenovela llegó a sumar 160 capítulos, y la cantidad de cabos sueltos que quedaron de tamaña cantidad de horas de televisión fueron considerables. Algunos fueron decisiones. Otros, omisiones. Varios, olvidos. ¿Cómo resolver el "apilamiento" de situaciones necesarias para sostener un relato así? Una película tiene, normalmente, dos turning points. Un capítulo de televisión, tantos como cortes tenga, sin contar el del final del capítulo. Situación sobre situación sobre situación. Impacto sobre impacto sobre impacto. Misterios, dudas, cambios de bando, amores cruzados, traiciones, planes imposibles, puertas que se abren constantemente revelando sorpresas. Les aseguro que resolver todo aquello para que cierre el final es prácticamente imposible.
E innecesario en un punto.
Hay algunas preguntas medulares que uno necesita que LOST responda. ¿Fue el destino o quien llevó a los protagonistas a la Isla (lo que trae otra pregunta: qué significa "destino" dentro de la serie? ¿Richad Alpert llegó en el Black Rock... cuál es su verdadero lugar en la historia? ¿Quién es Jacob y su misteriosa némesis, el hombre de negro? ¿De qué civilización son las ruinas que hay en la isla?
Bueno, no tiene mucho sentido hacer una lista extensiva.
Pero hay otro nivel de preguntas importantes: ¿Jack y Kate lograrán estar juntos definitivamente? ¿Sawyer encontrará la forma de expiar los pecados que lo atormentan? ¿Jin y Sun se reunirán? ¿Regresará Charley de la muerte?
Preguntas relacionadas con las empatías que hemos construido. Porque un programa puede tener grandes misterios, pero si no genera empatías con los personajes, esos misterios están muertos.
La resolución de LOST no puede ser sino frustrante para aquellos que se han dedicado a compilar hechos, fechas, relaciones, misterios, etc.
Para disfrutar del final de la serie, hay que poder reconocer su verdadero logro; que no es haber encontrado una historia original (aunque no le falte mérito en este sentido), sino haber profundizado sobre una forma diferente de contar. LOST representa el triunfo del continente sobre el contenido; o pensándolo un poco más, quizá el triunfo sea haber logrado que contenido y continente se amalgamaran en una fórmula única.
De todas formas, son solo ideas. Una de las fortaleza de LOST es no poder ser reducido a una simple fórmula. LOST es más que la suma de sus elementos. Es un programa vivo, lleno de magia.
Y como suele suceder en los espectáculos de magia, el disfrute no está en saber cómo fue hecho el truco.
Eso no lo sabremos nunca. Solo nos queda dejarnos iluminar por la posibilidad de lo increíble.
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domingo 31 de enero de 2010
El Guión Perfecto: /8
Otro sonido metálico, crujiente... ¿los elásticos de una cama vieja? ¿Se habría acostado? ¿Estarían sus largas piernas extendidas a lo largo de la cama, sobre sábanas limpias? ¿O descansaban sobre las huellas de algunas noches de amor?
martes 26 de enero de 2010
ESC.73 EXT. ROMANOS & LIBROS (FLASHBACK) -- DÍA
En San Martín de los Andes, allá a mediados de los 80, había apenas dos librerías. Tres, en realidad. O una. Todo depende del ojo del observador. La única librería de verdad estaba llena de ejemplares "de catálogo", como las que aun pueden verse en calle Corrientes. Sin embargo, era un lugar agradable: el dueño era un amigo, y mi madre trabajó allí un tiempo. Fue la primera en cerrar.
Las otras dos "librerías" eran en realidad comercios de otro tipo, que incluían libros. Una de ellas (Athos Tabac) era el principal kiosco de diarios y revistas, y tenían la buena conciencia de traer otros productos de lectura que podían ser considerados interesantes. La otra (La Bámbola), era al mismo tiempo casa de regalos, disquería y librería en grado mínimo.
En la vidriera de esta última fue que lo vi. Diecisiete por veintidós. Tapa negra, diseño clásico. Trescientas páginas de papel pesado y resistente. Se llamaba "El libro del cineasta amateur", y el autor en tapa se mencionaba solo como "Monier". No tenía idea de quién pudiera ser este buen señor, pero sí me enamoré rápidamente de la idea de poder tener entre mis manos un "manual" que encerrara la respuesta a algunos de los misterios de ese arte que había comenzado a desvelarme.
Entré a la librería y pedí verlo. Era pesado, duro, kilo/kilo y medio de sabiduría. El nombre completo del autor era Pierre Monier, el título original era Le Nouveau Cineaste Amateur, y aunque la edición española databa de 1976, el original era de 1957.
En aquella época, toda esa información no me decía mucho. Aun cuando comencé a hojear el libro y las fotos me parecieron extrañamente antiguas, no medité mucho sobre la actualidad del texto en relación con lo que era el séptimo arte en ese momento. Cualquier cosa que leyera, iba a contener información preciosa para mí, que era un lego completo.
La concreción definitiva de aquel amor imposible llegó de la mano del precio: empezaba con el número 5, pero no me acuerdo cuántos ceros iban después, ni de cuál moneda argentina se trataba. Lo que sí era seguro, es que no podía pagarlo. Me resultaba carísimo para aquella época.
El libro regresó a la vidriera y yo, a la calle.
A lo largo de aquel año, cada paseo mío por el centro de San Martín, incluía una pasada por La Bámbola para ver si el libro continuaba allí. Una vez entré a preguntar cualquier otra cosa, solo para asegurarme que el libro, que ya no estaba en vidriera, continuara en la mesa interior de la librería. Sí, lo estaba. No, aun no podía comprarlo.
Y entonces, intercedió el cine... quiero decir, el destino.
Llegó el verano, y el rumor se extendió rápidamente por todo el pueblo: un grupo de cineastas canadienses iba a filmar una película en el pueblo. El nombre del film iba a ser Normanicus (aunque luego se estrenó con el nombre de Norman's Awesome Experience). La cosa iba así: un científico americano llamado Norman, era transportado accidentalmente en el tiempo junto a una modelo y su fotógrafo de modas, hasta llegar a la Suiza controlada por los romanos, en el siglo 1 después de Cristo. Los viajeros convencen rusticos aldeanos suizos de que combatan contra las fuerzas del malvado emperador Nerón.
Se entiende que la experiencia de Norman fuera "awesome".
Gracias a las vicisitudes de la economía internacional, filmar en San Martín de los Andes era más económico que ir a Suiza, así que allí llegó el carnaval del equipo canadiense a filmar su película, y revolucionando temporalmente el pueblo. En principio, los que más trabajo se llevaron, fueron los carpinteros que contrataron para construir la villa de los guerreros. Era magnífica de ver, aunque fuera espantosa: era parte del proceso cinematográfico.
Luego llegó el turno de la filmación. Muchos conocidos comenzaron a formar parte de las jornadas: a uno de ellos le pagaron un excelente dinero por lanzarse a lago desde 20 metros de altura. Verlo caer como un meteorito fue la primer demostración que tuve de que en el cine, no todo es simple "parecer".
Las últimas dos semanas de filmación, fueron dejadas para lidiar con las complicaciones de las escenas de lucha entre el ejercito romano y los "salvajes". Allí iban a ser necesarios decenas de extras, y comprendí que era mi oportunidad de ver la película desde dentro. Me anoté como extra. Me tomaron como soldado romano. Será el 75% de sangre italiana que llevo dentro.
Las dos semanas fueron pesadas y larguísimas. El set daba la impresión de ser bastante caótico, determinadas situaciones quedaban en una nebulosa entre drama, comedia y acción. Trataban de enseñarnos a marchar en formación, pero con solo un día era imposible lucir siquiera como un ejercito de romanos de jardín de infantes. Por mi parte, tenía puesto un peto metálico hecho de un metal liviano, que se recalentaba al rayo del sol y me quemaba el cuello y los hombros.
A la semana de sufrir quemazones, me pasé sin pedir permiso al bando de los arqueros: el peto era de cuero en vez de metal, y teníamos arcos y flechas. Las flechas tenían punta de goma, pero los arcos estaban bien tensos; definitivamente, comprendí que eran peligrosos cuando una flecha se me escapó trazando un amplio arco y pasando a escasos centímetros de la cabeza del director. Se puede decir que estuve apunto de entrar al mundo del cine de manera espectacular... por la puerta delictiva.
Pero el director sobrevivió, y yo pasé dos semanas maravillosas escuchando los consabidos "acción", "cut", viendo como acomodaban las luces, observando las cámaras (en un post anterior, comenté la sensación de mirar por primera vez a través de la óptica de la cámara 35 mm... bigger than life), viendo stunts geniales (incluyendo una bola de fuego que dio de lleno sobre un camarógrafo), sintiéndome parte del proceso de creación de la magia que me deslumbraba cada viernes o sábado desde la butaca.
Pasadas las dos semanas, cobre lo que me correspondía. Contando el dinero, entendí que algo maravilloso extra había ocurrido.
Tenía el dinero justo para el libro.
Fui hasta La Bámbola y lo pedí. Por reflejo, pregunté el precio. Con gesto confuso, la señora que atendía el lugar me dijo 3,5... ella creía haberlo visto más caro, yo sabía que estaba más caro, pero si ese era el precio aquel día de verano, iluminado por el efectivo que me había dejado Normanicus, entonces no había mucho más que aclarar.
El Libro del Cineasta Amateur llegó así a mis manos, cine provisto por el cine.
Descubrí que no era un gran libro, e incluso en contraposición con lo que acababa de vivir, se me hacía patente que el texto había envejecido. Sin embarg, disfruté cada página (aun aquellas que no leí).
El libro aun está conmigo, me ha acompañado en incontables mudanzas.
Y seguirá conmigo. Porque es un símbolo.
Símbolo del comienzo de un viaje que aun no ha terminado, y que espero que no termine nunca.
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Las otras dos "librerías" eran en realidad comercios de otro tipo, que incluían libros. Una de ellas (Athos Tabac) era el principal kiosco de diarios y revistas, y tenían la buena conciencia de traer otros productos de lectura que podían ser considerados interesantes. La otra (La Bámbola), era al mismo tiempo casa de regalos, disquería y librería en grado mínimo.
En la vidriera de esta última fue que lo vi. Diecisiete por veintidós. Tapa negra, diseño clásico. Trescientas páginas de papel pesado y resistente. Se llamaba "El libro del cineasta amateur", y el autor en tapa se mencionaba solo como "Monier". No tenía idea de quién pudiera ser este buen señor, pero sí me enamoré rápidamente de la idea de poder tener entre mis manos un "manual" que encerrara la respuesta a algunos de los misterios de ese arte que había comenzado a desvelarme.
Entré a la librería y pedí verlo. Era pesado, duro, kilo/kilo y medio de sabiduría. El nombre completo del autor era Pierre Monier, el título original era Le Nouveau Cineaste Amateur, y aunque la edición española databa de 1976, el original era de 1957.
En aquella época, toda esa información no me decía mucho. Aun cuando comencé a hojear el libro y las fotos me parecieron extrañamente antiguas, no medité mucho sobre la actualidad del texto en relación con lo que era el séptimo arte en ese momento. Cualquier cosa que leyera, iba a contener información preciosa para mí, que era un lego completo.
La concreción definitiva de aquel amor imposible llegó de la mano del precio: empezaba con el número 5, pero no me acuerdo cuántos ceros iban después, ni de cuál moneda argentina se trataba. Lo que sí era seguro, es que no podía pagarlo. Me resultaba carísimo para aquella época.
El libro regresó a la vidriera y yo, a la calle.
A lo largo de aquel año, cada paseo mío por el centro de San Martín, incluía una pasada por La Bámbola para ver si el libro continuaba allí. Una vez entré a preguntar cualquier otra cosa, solo para asegurarme que el libro, que ya no estaba en vidriera, continuara en la mesa interior de la librería. Sí, lo estaba. No, aun no podía comprarlo.
Y entonces, intercedió el cine... quiero decir, el destino.
Llegó el verano, y el rumor se extendió rápidamente por todo el pueblo: un grupo de cineastas canadienses iba a filmar una película en el pueblo. El nombre del film iba a ser Normanicus (aunque luego se estrenó con el nombre de Norman's Awesome Experience). La cosa iba así: un científico americano llamado Norman, era transportado accidentalmente en el tiempo junto a una modelo y su fotógrafo de modas, hasta llegar a la Suiza controlada por los romanos, en el siglo 1 después de Cristo. Los viajeros convencen rusticos aldeanos suizos de que combatan contra las fuerzas del malvado emperador Nerón.
Se entiende que la experiencia de Norman fuera "awesome".
Gracias a las vicisitudes de la economía internacional, filmar en San Martín de los Andes era más económico que ir a Suiza, así que allí llegó el carnaval del equipo canadiense a filmar su película, y revolucionando temporalmente el pueblo. En principio, los que más trabajo se llevaron, fueron los carpinteros que contrataron para construir la villa de los guerreros. Era magnífica de ver, aunque fuera espantosa: era parte del proceso cinematográfico.
Luego llegó el turno de la filmación. Muchos conocidos comenzaron a formar parte de las jornadas: a uno de ellos le pagaron un excelente dinero por lanzarse a lago desde 20 metros de altura. Verlo caer como un meteorito fue la primer demostración que tuve de que en el cine, no todo es simple "parecer".
Las últimas dos semanas de filmación, fueron dejadas para lidiar con las complicaciones de las escenas de lucha entre el ejercito romano y los "salvajes". Allí iban a ser necesarios decenas de extras, y comprendí que era mi oportunidad de ver la película desde dentro. Me anoté como extra. Me tomaron como soldado romano. Será el 75% de sangre italiana que llevo dentro.
Las dos semanas fueron pesadas y larguísimas. El set daba la impresión de ser bastante caótico, determinadas situaciones quedaban en una nebulosa entre drama, comedia y acción. Trataban de enseñarnos a marchar en formación, pero con solo un día era imposible lucir siquiera como un ejercito de romanos de jardín de infantes. Por mi parte, tenía puesto un peto metálico hecho de un metal liviano, que se recalentaba al rayo del sol y me quemaba el cuello y los hombros.
A la semana de sufrir quemazones, me pasé sin pedir permiso al bando de los arqueros: el peto era de cuero en vez de metal, y teníamos arcos y flechas. Las flechas tenían punta de goma, pero los arcos estaban bien tensos; definitivamente, comprendí que eran peligrosos cuando una flecha se me escapó trazando un amplio arco y pasando a escasos centímetros de la cabeza del director. Se puede decir que estuve apunto de entrar al mundo del cine de manera espectacular... por la puerta delictiva.
Pero el director sobrevivió, y yo pasé dos semanas maravillosas escuchando los consabidos "acción", "cut", viendo como acomodaban las luces, observando las cámaras (en un post anterior, comenté la sensación de mirar por primera vez a través de la óptica de la cámara 35 mm... bigger than life), viendo stunts geniales (incluyendo una bola de fuego que dio de lleno sobre un camarógrafo), sintiéndome parte del proceso de creación de la magia que me deslumbraba cada viernes o sábado desde la butaca.
Pasadas las dos semanas, cobre lo que me correspondía. Contando el dinero, entendí que algo maravilloso extra había ocurrido.
Tenía el dinero justo para el libro.
Fui hasta La Bámbola y lo pedí. Por reflejo, pregunté el precio. Con gesto confuso, la señora que atendía el lugar me dijo 3,5... ella creía haberlo visto más caro, yo sabía que estaba más caro, pero si ese era el precio aquel día de verano, iluminado por el efectivo que me había dejado Normanicus, entonces no había mucho más que aclarar.
El Libro del Cineasta Amateur llegó así a mis manos, cine provisto por el cine.
Descubrí que no era un gran libro, e incluso en contraposición con lo que acababa de vivir, se me hacía patente que el texto había envejecido. Sin embarg, disfruté cada página (aun aquellas que no leí).
El libro aun está conmigo, me ha acompañado en incontables mudanzas.
Y seguirá conmigo. Porque es un símbolo.
Símbolo del comienzo de un viaje que aun no ha terminado, y que espero que no termine nunca.
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viernes 22 de enero de 2010
El Guión Perfecto: /7
Apoye la mano derecha en la pared, para poder guiarme, y luego empecé a ascender. Resbalé un par de veces: los bordes de los escalones estaban completamente redondeados por las miles de pisadas que habían sufrido, convirtiéndose en una suerte de trampa. Alguien podía morir allí, en una noche sin luna. Alguien debía morir allí; era un escenario demasiado perfecto para que el destino lo pasara por alto.
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martes 19 de enero de 2010
ESC.72 INT. SERIES '90 -- DÍA
La tapa de la revista Inrockuptibles de enero me atrajo como un zángano a la colmena: en letras grandes, verdes sobre fondo blanco, anunciaba (y prometía) "LOST: EL FINAL". Más abajo, otro título rezaba "La década en series". Segundos después de haber visto esta tapa, la revista estaba en mis manos.
La nota sobre Lost, como suele suceder con tantas otras sobre esta serie-fenómeno, prometía más de lo que entregaba: aunque los creadores dicen que uno puede imaginarse la resolución de la serie viendo su primer capítulo (alguien hizo este ejercicio?), es prácticamente imposible informar en profundidad sobre el final de la serie, ya que no existe suficiente información (o, si se quiere ver desde otro punto de vista, hay un exceso de la misma). La nota, de todos modos, contenía una perla: la existencia de un encargado de continuidad de la serie, un tipo que, como si fuera un personaje de la misma serie, tiene escondidos en un lugar secreto toda la información existente sobre la historia, sus personajes, las vueltas de tuerca, los saltos temporales, etc. El hombre se llama Gregg Nations, y seguramente pasará a ser víctima de múltiples acosos.
El informe "La década en series" me pareció más interesante. Es un repaso sintético pero bien planteado de las mejores series de la década según la revista. Six Feet Under, The Wire, Curb your Enthusiasm, The Office, Dexter, Mad Men, Los Soprano, Weeds / Breaking Bad, 30 Rock, Extras, y las argentinas Okupas y Hermanos y Detectives, son algunas de las series mencionadas.
La nota me hizo repasar algunos nombres de guionistas que se han transformado en productores de sus propias historias: Alan Ball, Tina Fey, Larry David, Matthiew Weiner, David Simon, JJ.Abrams, Ronald D. Moore, Joss Whedon, David Chase, y en el ámbito local, Damián Szifron.
Pensé en compartir con ustedes algunos dichos de estos individuos que he ido recopilando. Sin duda uno puede sentirse identificado con mucho de lo que dicen.
Hay mucho más dicho y hecho por ahí. Ampliaremos a lo largo del camino.
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La nota sobre Lost, como suele suceder con tantas otras sobre esta serie-fenómeno, prometía más de lo que entregaba: aunque los creadores dicen que uno puede imaginarse la resolución de la serie viendo su primer capítulo (alguien hizo este ejercicio?), es prácticamente imposible informar en profundidad sobre el final de la serie, ya que no existe suficiente información (o, si se quiere ver desde otro punto de vista, hay un exceso de la misma). La nota, de todos modos, contenía una perla: la existencia de un encargado de continuidad de la serie, un tipo que, como si fuera un personaje de la misma serie, tiene escondidos en un lugar secreto toda la información existente sobre la historia, sus personajes, las vueltas de tuerca, los saltos temporales, etc. El hombre se llama Gregg Nations, y seguramente pasará a ser víctima de múltiples acosos.
El informe "La década en series" me pareció más interesante. Es un repaso sintético pero bien planteado de las mejores series de la década según la revista. Six Feet Under, The Wire, Curb your Enthusiasm, The Office, Dexter, Mad Men, Los Soprano, Weeds / Breaking Bad, 30 Rock, Extras, y las argentinas Okupas y Hermanos y Detectives, son algunas de las series mencionadas.
La nota me hizo repasar algunos nombres de guionistas que se han transformado en productores de sus propias historias: Alan Ball, Tina Fey, Larry David, Matthiew Weiner, David Simon, JJ.Abrams, Ronald D. Moore, Joss Whedon, David Chase, y en el ámbito local, Damián Szifron.
Pensé en compartir con ustedes algunos dichos de estos individuos que he ido recopilando. Sin duda uno puede sentirse identificado con mucho de lo que dicen.
"Entonces trabajaba de coproductor ejecutivo en una serie de televisión (Cybill). Tenía a los personajes y a su mundo metidos en la cabeza desde hacía mucho tiempo, y sólo lo escribí porque... parte de lo que haces en una serie de televisión te divorcia de la conexión emocional con tu trabajo, porque te frena por los motivos más caprichosos. Terminas reescribiéndolo todo porque así es el proceso, y es tan rápido... Ya sabes, rodando un episodio nuevo cada semana, parece de usar y tirar. Me sentía como picando la tarjeta de las horas y no perdiéndome en ningún tipo de conexión pasional con mi trabajo. Así que iba a casa e intentaba escribir la película que yo iría a ver, y también algo que sentía que tenía un significado profundo. La frustración me llevó a escribir American Beauty.(...) Con la película, me han ocurrido cosas maravillosas, pero cuando trabajaba en aquella serie de televisión (Cibyll), donde tenía que tratar con ejecutivos de televisión estúpidos... La verdad es que la vida es bastante equilibrada. Las cosas van muy bien, pero luego siempre hay alguien que te está fastidiando. Digamos que estoy felizmente enfadado."
Alan Ball (luego de ganar el oscar por el guión de American Beauty, pudo realizar sus propias series: la premiada Six Feet Under, y la nueva y visceral True Blood). Fuente: El Mundo.
"En la televisión por aire lo único que se hace es hablar. Creo que un programa debe tener un aspecto visual, cierto sentido del misterio, cabos sueltos. Creo que debería haber sueños, música, tiempos muertos y cosas que no se resuelven. (...) La televisión es prisionera del diálogo y la steady-cam. La gente camina y la cámara la sigue. Parece que tienen algo muy importante entre manos, porque caminan a 25 kilómetros por hora, hablan e intercambian papeles. Ese es el estilo moderno.(...) Prefiero sentarme en la sesión de terapia y hacer una escena de doce minutos. En el programa hay una regla, y es que en la terapia la cámara no se mueve: no avanza, no retrocede ni se mueve hacia los lados. Hice terapia mucho tiempo, y nunca vi moverse una cámara ante mis ojos. Yo quería que todo fuera plano. Quería que el público tuviera que pensar qué era lo importante, que hiciera el mismo trabajo que hacía la Dra. Melfi. (...) ¿Se refiere a si nos desviamos de la trama? ¿Si nos amparamos en la seguridad del programa y apostamos todo a un único chiste? Sí, lo hacemos, a pesar de que se supone que nunca se debe hacer eso. A veces la gente se ríe de todo lo que digo y yo empiezo a pensar: "En parte se ríen porque yo soy el jefe. Es triste. (...) En realidad, escribir Los Soprano es muy fácil, porque todo lo que dicen todos es mentira. Son falsedades, autojustificaciones, racionalizaciones, fantasías y falta de comunicación. Por eso creo que siempre hay un chiste dando vueltas, y es que esa gente no se comunica. Están engañándose, mintiéndose a sí mismos y a los demás todo el tiempo."
David Chase (Los Soprano) Fuente: Clarin
"Una serie de televisión es una historia sobre un grupo de gente. (...) El concepto es seguir a esta gente, no a los eventos. Por ejemplo, Galáctica no es la historia de una nave. No estamos en la sala de mando y luego vamos a la sala de máquinas como si fuera una novela. Uno toma una decisión al principio: formar un grupo central fuerte de seres humanos. Entonces, la historia natural se da a partir de mantenerlos como centro del dram. (...) Uno podría hacer una serie sobre la nave Galáctica, pero sería antiético para una serie, no es lo que la serie es. (...) Uno puede armar una serie que sea más sobre un ambiente, un lugar o una situación, y tener personajes rotativos saliendo y entrando semana a semana. Pero no se puede meter a la audiencia en esos personajes de manera tan profunda."
Ronald D. Moore (Battlestar Galactica) Fuente: Complications Ensue.
"Primero, al principio de cada temporada, teníamos una especie de retiro con los principales escritores, los tipos que iban a estar en plantilla todo el año. Discutíamos lo que queríamos decir, pero en realidad discutíamos sobre actualidad/ideología/política. No todos los escritores pensaban igual. No teníamos una opinión común en los asuntos a tratar, ya fueran la guerra contra la droga o la educación pública o los medios. Así que teníamos que discutir los temas en sí mismos primero. Sin importar los personajes, o la trama. (...) Si hay algo que distinga a The Wire de la mayoría de dramas serializados que se ven, es que los escritores no venían de la televisión. Ninguno de nosotros creció queriendo llegar a Hollywood y escribir uan serie o una película. Ed [Burns] fue policía, y después profesor. Había periodistas entre los guionistas. Había novelistas. Había dramaturgos, también. Todo el mundo empezó en otra parte. (...) Bueno, no eramos cínicos con que nos dieran diez, doce, trece horas—lo que nos diera HBO cada temporada. Todo eso era un regalo increíble. La narrativa de El Padrino, incluyendo la tercera parte, la más floja, es como… ¿Cuánto? ¿Nueve horas? Y mira cuánta historia fueron capaces de contar. Nosotros teníams más que eso en cada temporada. Así que maldita sea, mejor tener algo que decir. Suena muy simple, pero es una conversación que no creo que ocurra en muchas series dramáticas. Con seguridad no en la televisión americana. Creo que para un montón de gente nuestro trabajo como guionistas de televisión consiste en levantar el programa como una franquicia y tener tantos espectadores, tantos globos oculares, como sea posible, y mantenerlos. Si les gusta x, les damos más x. Si no les gusta y, no les damos tanto y.(...) Lo que nos preguntábamos era, “¿Qué deberíamos decir durante doce horas de televisión?” Y eso es un impulso periodístico. Eso venía de los guionistas que eran periodistas y, hasta cierto punto, de los novelistas que escribían parala serie y que escribían en un marco realista, como ficción con investigación."
David Simon (The Wire). Fuente: Como el Agua
Hay mucho más dicho y hecho por ahí. Ampliaremos a lo largo del camino.
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