lunes 14 de diciembre de 2009
EL GUIÓN PERFECTO - /3
"Apoyé los dedos sobre el teclado con suavidad. Meterme en aquello no era un asunto para ser enfrentado de manera brusca. No se puede llegar a los secretos de una persona a través de la violencia. Apropiarse del otro es siempre una tarea que se realiza con guantes de seda".
viernes 11 de diciembre de 2009
ESC.67 EXT. MATE WESTERN -- DIA
Nunca he sido especialmente fanático del western. Okay, de chico no me perdía un capítulo de Bonanza ni de El Hombre del Rifle (repeticiones, no soy tan viejo), pero no estoy seguro si estas series pueden clasificarse cien por cien dentro del género western. En fin, que John Wayne siempre me pareció un facho híper almidonado, y pasé de ver clásicos como A la hora señalada, La Dirigencia o Río Bravo.
Con el paso de los años, algunas películas me fueron amigando con el género. Más que nada, dos obras de Clint Eastwood (a quién había aprendido a odiar por la serie Harry el Sucio) como director/actor: primero fue El Jinete Pálido, de 1985, y luego Los Imperdonables, de 1992. Sin ahondar mucho en el tema, me pareció que la primera le daba un giro "metafísico" al género (¿está o no muerto el jinete pálido; o es la misma muerte a caballo?), y la segunda, un giro moral (que si bien siempre ha estado presente en el género, aquí toma nueva dimensión a través de la palabra arrepentimiento).
Con este background es que llegué a ver, hace dos años, 3:10 to Yuma, de James Mangold. Una de las principales críticas que se le hicieron a esta película, fue estar excesivamente recostada en los personajes, a costa de la acción. Para mí, es precisamente su fuerte. Lo que en otros western está colocado con dos pincelazos, aquí está desarrollado en profundidad: el duelo sin armas entre un hombre que ha perdido prácticamente todo menos su sentido de lo que es correcto e incorrecto, y otro hombre que, justamente por haber dejado atrás el sentido de lo correcto e incorrecto, se ha perdido a sí mismo.
Poco después de haber visto esta película, y quedar alegremente impactado por ella (soy amante del lenguaje de los géneros), un productor conocido me comentó que tenía la posibilidad de presentar material a una de las compañías que produjo 3:10 to Yuma. No era una propuesta formal para enviar algo juntos, y sin embargo fue el empujón que necesitaba para animarme a concretar la inquietud que me había dejado Yuma. Así es que, partiendo de una idea básica que me vino a la mente, me senté a escribir un western.
Si el italiano Sergio Leone pudo revitalizar el género con Por un puñado de dólares y El bueno, el malo y el feo, ¿por qué no podía yo give it a try?
Una vez que me aboqué a ello, no pude parar. Tardé aproximadamente un mes en redondear un guión de 90 páginas, y disfruté a fondo cada una de ellas. Desde lo puramente personal, fue una experiencia genial: me metí a convivir con los personajes en su mundo, y padecí cada uno de sus problemas y peleas. Fue uno de esos casos donde uno simplemente es un escriba de una trama que lo precede (creo que esta es una de las ventajas de trabajar con géneros). El western tiene algo genial en relación al tratamiento de personajes e historias: el set up es tan "yermo", que es como trabajar fondo simple/figura compleja, todo se realza como por efecto de un juego óptico. Las emociones son más puras, las reacciones menos cerebrales. La moral se simplifica a sus elementos más básicos, arquetípicos, y eso permite trabajar, siguiendo la analogía con las plástica, con materiales "nobles".
No sé si En la Sangre (nombre del experimento) verá su camino a la luz. Seguramente es uno de esos casos donde, exorcizando una historia sin ninguna pretensión de verla realizada, el autor aprende de sí mismo y de su trabajo.
Luego me quedé pensando en qué interesante sería poder retratar el período de la Conquista del Desierto desde la mirada del género, un poco como hizo Edward Zwick con el ocaso de la cultura samurai en The Last Samurai, o Kevin Costner con Danza con Lobos. Los intentos del cine argentino al respecto (o por lo menos los que yo conozco), como El Último Malón, Pampa Bárbara, El Último Perro, creo que no dan la talla, sobre todo desde una mirada histórica. Quizá se deba a la vergüenza que nos da como pueblo poner la lupa sobre este período, que ha sido borrado de toda discusión popular sobre nuestra responsabilidad a nivel derechos humanos.
En comparación, el ocaso del gaucho ha sido profusamente retratado. ¿Será porque el gaucho tiene un halo romántico y esto lo convierte en un mejor personaje? Si es así, me parece bastante hipócrita para con ambos, gaucho e indio.
Quizá la experiencia con En la Sangre, sea un buen punto de partida para enfrentar un tema mucho más cercano como este. Veremos.
lunes 7 de diciembre de 2009
ESC.66 INT. CIEGA/SORDA/MUDA -- DÍA
No, no me volví fanático de Shakira (aunque la letra del tema tiene algo de telenovelesco).
En realidad estaba pensado en la sagrada triada de las telenovelas, que suele instalarse como reina y señora dentro de la dramaturgia del género.
Creo que cualquier que haya, aunque sea, pasado caminando frente a una televisión, ha visto a algún personaje de telenovela sufrir algunas de estas condiciones. Y no solo de telenovelas: cuando otras ficciones se encuentran ante la encrucijada de la "falta de historia", o pasan por un bache de conexión emotiva con su público, toman algunos de estos "recursos melodramáticos" prestados para generar una crisis que atraiga la atención hacia alguno de los protagonistas.
La condición de ciega/sorda/muda no suele ser orgánica con la historia (salvo algún que otro caso), pero sí con el género: se trata, por definición, de una condición extraordinaria, un "golpe del destino" que lleva al extremo la situación de infelicidad propia de la telenovela, como preámbulo a la obtención de la felicidad, triunfo del amor, fin de la historia.
"La felicidad no se cuenta, se vive", dijo alguna vez Alberto Migre. ¿Qué mejor forma de vivir la felicidad, que en contraposición a una tragedia como la carencia de alguno de estos tres sentidos? Por otro lado, la telenovela suele tratar de asuntos de identidad; en este sentido, podemos pensar que recuperar la capacidad de expresarse, comenzar a oír lo que se trama a nuestro alrededor y actuar en consecuencia, o poder ver nuestra realidad, son formas de vivir la identidad (o de encarar la búsqueda de).
También hay otra forma de entender este recurso: se llama "manotazo de ahogado".
¿Cómo diferenciar cuando estos recursos son usados como elemento constitutivo de género, o sea, orgánicamente (creo que el mejor ejemplo de esto es Nano, con Araceli representando a una muda desde el minuto cero), y cuándo son usados porque se ha acabo lo que contar (y con esto quiero decir: como mantener separados a los protagonistas)?
La verdad es que no soy ningún estudioso del tema, pero sí he trabajado en muchas telenovelas, e incluso escribí una para el exterior. Así que mi discurso tiene que ver con la experiencia.
Y esta me dice: la mayor parte de las telenovelas de los últimos diez años han usado estos recursos sin ningún tipo de organicidad, sino como muletas para sostener un poco más la trama. Todos los que trabajamos en esto, escuchamos alguna vez a un autor o producto decir: es hora de que se quede ciega/sorda/muda. Siempre odié eso. Para mí, es lo mismo que decir: es hora de tirar por la borda la historia que tan laboriosamente hemos venido construyendo, en virtud de un golpe de efecto.
Es notable con qué frialdad se hace esto. Con qué desapego por el oficio del buen contar.
La excusa es siempre, como decía antes, "nos estamos quedando sin cosas que contar". En realidad, esto se traduce como "nos estamos quedando sin giros en la historia que generen suficiente golpe de efecto (melo)dramático".
¿Hasta que punto esto es verdad?
Puede pasar que el diseño de la novela no haya contemplado suficiente material como para alimentar 120 capítulos. También es posible que las telenovelas debieran durar solo 80 capítulos, pero este es otro cantar.
Pero, nuevamente en mi experiencia, lo que sucede es que hay una cierta fatiga (autores que hacen dos o tres telenovelas seguidas), a veces una liviandad o desapego del material, que llevan, justamente allá por el capítulo 80, a echar mano de estos recursos.
Aunque hay un cierto sector del público que se resiente de estas tácticas, otro no diría que las espera, pero por lo menos se deja impactar con ellas cada vez que suceden. Este público, el más clásico, es el que suele justificar las cegueras, mudeces y sorderas (habría que incluir falsos embarazos aquí).
Cabe otra pregunta: ¿le estamos dando a este público lo que pide, o nos estamos aprovechando de su "clasicismo" para estafarlo en su buena fe?
Personalmente, me encontré frente a todas estas disyuntivas cuando hice mi novela para el exterior. Aquí yo tenía la decisión y recaía en mí la responsabilidad de caer en estas prácticas, o tratar de ser creativo (o por lo menos, responsable). Cuando desde la producción llegaron las primeras sugerencias para usar estos recursos (casi siempre llegan), me puse firme: argumenté que la historia tenía suficientes elementos para no necesitar ciegos, sordos y mudos, o por lo menos que el equipo autoral tenía recursos honestos para llegar al final de la historia sin necesidad de ellos. Me dieron la oportunidad de probarlo.
Hicimos 160 capítulos sin ciegos, sordos, mudos, paralíticos ni falsas embarazadas.
Comprobé lo que pensaba: era posible hacerlo.
Hay que ver que hubiera sucedido si a esta telenovela, le hubiera seguido otra, e incluso otras dos. Hasta que punto mi agotamiento me hubiera llevado a dar manotazos de ahogado. Pero incluso esto tiene solución: por ejemplo, renunciar a un poco de ganancia para contratar aun co-autor que nos de aires nuevos.
No hay respuestas concretas en este post. Solo experiencias y observaciones. Algunas ideas. Abro debate.
Lo más importante es que no seamos nosotros los que quedemos ciegos/sordos/mudos como autores.
En realidad estaba pensado en la sagrada triada de las telenovelas, que suele instalarse como reina y señora dentro de la dramaturgia del género.
Creo que cualquier que haya, aunque sea, pasado caminando frente a una televisión, ha visto a algún personaje de telenovela sufrir algunas de estas condiciones. Y no solo de telenovelas: cuando otras ficciones se encuentran ante la encrucijada de la "falta de historia", o pasan por un bache de conexión emotiva con su público, toman algunos de estos "recursos melodramáticos" prestados para generar una crisis que atraiga la atención hacia alguno de los protagonistas.
La condición de ciega/sorda/muda no suele ser orgánica con la historia (salvo algún que otro caso), pero sí con el género: se trata, por definición, de una condición extraordinaria, un "golpe del destino" que lleva al extremo la situación de infelicidad propia de la telenovela, como preámbulo a la obtención de la felicidad, triunfo del amor, fin de la historia.
"La felicidad no se cuenta, se vive", dijo alguna vez Alberto Migre. ¿Qué mejor forma de vivir la felicidad, que en contraposición a una tragedia como la carencia de alguno de estos tres sentidos? Por otro lado, la telenovela suele tratar de asuntos de identidad; en este sentido, podemos pensar que recuperar la capacidad de expresarse, comenzar a oír lo que se trama a nuestro alrededor y actuar en consecuencia, o poder ver nuestra realidad, son formas de vivir la identidad (o de encarar la búsqueda de).
También hay otra forma de entender este recurso: se llama "manotazo de ahogado".
¿Cómo diferenciar cuando estos recursos son usados como elemento constitutivo de género, o sea, orgánicamente (creo que el mejor ejemplo de esto es Nano, con Araceli representando a una muda desde el minuto cero), y cuándo son usados porque se ha acabo lo que contar (y con esto quiero decir: como mantener separados a los protagonistas)?
La verdad es que no soy ningún estudioso del tema, pero sí he trabajado en muchas telenovelas, e incluso escribí una para el exterior. Así que mi discurso tiene que ver con la experiencia.
Y esta me dice: la mayor parte de las telenovelas de los últimos diez años han usado estos recursos sin ningún tipo de organicidad, sino como muletas para sostener un poco más la trama. Todos los que trabajamos en esto, escuchamos alguna vez a un autor o producto decir: es hora de que se quede ciega/sorda/muda. Siempre odié eso. Para mí, es lo mismo que decir: es hora de tirar por la borda la historia que tan laboriosamente hemos venido construyendo, en virtud de un golpe de efecto.
Es notable con qué frialdad se hace esto. Con qué desapego por el oficio del buen contar.
La excusa es siempre, como decía antes, "nos estamos quedando sin cosas que contar". En realidad, esto se traduce como "nos estamos quedando sin giros en la historia que generen suficiente golpe de efecto (melo)dramático".
¿Hasta que punto esto es verdad?
Puede pasar que el diseño de la novela no haya contemplado suficiente material como para alimentar 120 capítulos. También es posible que las telenovelas debieran durar solo 80 capítulos, pero este es otro cantar.
Pero, nuevamente en mi experiencia, lo que sucede es que hay una cierta fatiga (autores que hacen dos o tres telenovelas seguidas), a veces una liviandad o desapego del material, que llevan, justamente allá por el capítulo 80, a echar mano de estos recursos.
Aunque hay un cierto sector del público que se resiente de estas tácticas, otro no diría que las espera, pero por lo menos se deja impactar con ellas cada vez que suceden. Este público, el más clásico, es el que suele justificar las cegueras, mudeces y sorderas (habría que incluir falsos embarazos aquí).
Cabe otra pregunta: ¿le estamos dando a este público lo que pide, o nos estamos aprovechando de su "clasicismo" para estafarlo en su buena fe?
Personalmente, me encontré frente a todas estas disyuntivas cuando hice mi novela para el exterior. Aquí yo tenía la decisión y recaía en mí la responsabilidad de caer en estas prácticas, o tratar de ser creativo (o por lo menos, responsable). Cuando desde la producción llegaron las primeras sugerencias para usar estos recursos (casi siempre llegan), me puse firme: argumenté que la historia tenía suficientes elementos para no necesitar ciegos, sordos y mudos, o por lo menos que el equipo autoral tenía recursos honestos para llegar al final de la historia sin necesidad de ellos. Me dieron la oportunidad de probarlo.
Hicimos 160 capítulos sin ciegos, sordos, mudos, paralíticos ni falsas embarazadas.
Comprobé lo que pensaba: era posible hacerlo.
Hay que ver que hubiera sucedido si a esta telenovela, le hubiera seguido otra, e incluso otras dos. Hasta que punto mi agotamiento me hubiera llevado a dar manotazos de ahogado. Pero incluso esto tiene solución: por ejemplo, renunciar a un poco de ganancia para contratar aun co-autor que nos de aires nuevos.
No hay respuestas concretas en este post. Solo experiencias y observaciones. Algunas ideas. Abro debate.
Lo más importante es que no seamos nosotros los que quedemos ciegos/sordos/mudos como autores.
sábado 5 de diciembre de 2009
CORTE COMERCIAL
Hacía tiempo que quería animarme.
Tenia un viejo manuscrito de 100 páginas para usar, pero la frase "La solución vino a mí en cuanto comencé a dormirme" se me aparecía insistentemente, así que decidí empezar de cero.
Una novela. Ambientada en el mundo que mejor conozco: el de la escritura de guiones.
Pero no tratará sobre el oficio de guionar, que para eso está este blog.
¿Sobre qué va a tratar? Decídanlo ustedes mismos si es que se pueden dedicarle tiempo.
Se llama EL GUIÓN PERFECTO.
Ojalá les guste, los entretenga, les provoque algo. No necesariamente en ese orden.
¡Gracias!
miércoles 2 de diciembre de 2009
ESC.65 INT. CINE DE PAPEL (FLASHBACK) -- DÍA
En los '80, viejo cine Amancay de San Martín de los Andes no brillaba por ser la sala más audaz del Sur argentino. Es cierto, pude ver allí muchas películas interesantes; pero lejos de las que me permitió disfrutar Función Privada, por ejemplo. Los estrenos llegaban con cuenta gotas, y algunos clásicos como La mujer de la próxima puerta, de Truffaut, eran empaquetadas por equivocación en función doble, entresemana, junto a alguna película de artes marciales de los '70. Mi sed visual no podía ser saciada por esta sala. Ni por la televisión, que en aquella época (amen del mencionado programa de Morelli y Berruti) tenía poco para ofrecer: algunos programas de ficción argentinos de enormes guiones y grandes actuaciones, Moonlighting, MI5, Fama. Así es que mis ojos añoraban más de lo que la realidad local podía ofrecerme. Tenía que encontrar una solución a aquello.
Algunos años más tarde, a partir de los 16, mis viajes a Buenos Aires me iban a permitir acceder a tantas películas, que iba a tener que desdoblarme para verlas. Pero ese es material de otro post.
En aquel momento, encontré una solución que, creo, también se convirtió en parte de mis aventuras como guionista.
Ya que no podía ver las películas, comencé a imaginarlas, por decirlo de alguna forma. Las vi sin verlas, con la ayuda del papel.
No recuerdo cómo conseguí la enorme carpeta tipo bibliorato (no recuerdo haberla comprado). Lo que sí pagué fueron los blocs de hojas tamaño oficio, con dos perforaciones en el margen izquierdo, perfectas para ser colocadas en el bibliorato.
Cuando tuve estos dos elementos, solo restó esperar al primer jueves.
En aquellos años (no es que hoy haya cambiado demasiado), los diarios nacionales llegaban a San Martín cerca de las 5 de la tarde. Fue todo un día de espera hasta tener entre mis manos el ejemplar de Clarín. No recuerdo la fecha exacta, pero para situarnos mejor, podemos decir que fue un Jueves 5 de Abril de 1984.
Volví a casa con el diario y me senté con el suplemento de espectáculos. Sentí el tacto del papel prensa debajo de mi yema mojada, a medida que pasaba las hojas buscando mi objetivo, las críticas de los estrenos de la semana.
Puedo haber leído las reseñas de Asesinato en el Senado de la Nación; de Amadeus; de 2010, el año que hicimos contacto; de Broadway Danny Rose o de Cuarteles de Invierno. Cada una debe haber pasado frente a mis ojos al menos dos veces.
Cuando ya conocía las historias y había asimilado lo que el crítico tenía que decir sobre ellas, continué con el proceso de apropiación de esos films: recorté las criticas y las pegué en la primer hoja oficio, que luego arranque del bloc y puse en el bibliorato.
Las volví a mirar, deteniéndome en cualquier detalle de las fotos de la película que el artículo trajera. Luego coloqué el bibliorato en mi cuarto.
Aquellas películas ya eran mías.
Esta ceremonia continuó durante los cuatro años siguientes. Las hojas se multiplicaron, los biblioratos se sumaron, y las reseñas deben haber llegado a las 600 por lo menos.
Me convertí en un experto en datos. Sabía todo sobre directores (sobre los directores con distribución en el país al menos, como aprendí después), películas, actores, directores de fotografía; aprendí a comparar reseñas cruzadas de un mismo crítico sobre un director, con respecto a distintos estrenos.
Alimenté mi imaginación con fotos increíbles (más grandes que la vida) que me permitían representar en mi mente el aspecto de una película entera (no importaba que esa representación fuera errónea: era funcional a mi imaginación, me sirvió como combustible de la misma).
Pero, y sobre todo, me llené de historias.
Las críticas solían dedicarle un párrafo, dos cuanto mucho, al aspecto formal de la película. Otros tantos a las actuaciones. El resto, se enfocaban en la historia: qué se había propuesto contar, cómo lo había hecho, narrativamente hablando, y si el intento había sido fructífero o no.
Claro, estaba leyendo siempre una visión parcial, la de los críticos. Sin embargo, el mismo ejercicio de la lectura me permitió desarrollar mi propia visión crítica. Pude separar algunos aspectos de las reviews, entrecomillarlos, y asimilar otros que encontraba más útiles.
A partir de su entrada a Clarín como crítico, en 1986, mi primer profesor de cine y de guión fue Aníbal M. Vinelli. Sus críticas (divertidas, ilustradas, inteligentes, respetuosas y certeras), colaboraron en lo que luego sería mi sentido clásico en lo narrativo.
En algún momento de 1987, dejé de alimentar mi "cine de papel". La rutina me había agotado, o quizá aquella forma de "ver" ya no me era suficiente. Los biblioratos, sin embargo, me acompañaron durante los siguientes diez años, a lo largo de sucesivas mudanzas.
Hasta que un día sentí que era solo papel. Las imágenes se habían ido de los recortes definitivamente. Con algo de pena, me deshice de ellos.
A veces desearía no haberlo hecho. Habían perdido su magia, pero no su historia.
martes 1 de diciembre de 2009
ESC.64 INT. CINECLUB -- DÍA
Lo primero que me atrajo del libro fue el autor: David Gilmour. Fanático como soy de Pink Floyd, pensé que era algún tipo de autobiografía del genial guitarrista británico. Pero cuando leí el pie de tapa, me di cuenta de que se trataba de otra cosa: "Un padre, su hijo y una educación nada convencional". El título del libro era Cineclub (Mondadori, Reservoir Books, 2009). Un rápido vistazo a la solapa me informó sobre el autor: este Gilmour era un reconocido periodista y escritor canadiense, del cuál pueden saber un poco más entrando aquí. La contratapa solo agregaba tres lineas: "Ni escuela, ni trabajo, ni drogas: solo tres peliculas a la semana". Era suficiente para mí. Me alejé de la librería sabiendo que, en algún momento, el libro y yo íbamos a encontrarnos.
Pasó seis meses después. Salía de terapia, donde solíamos conversar sobre mi rol de padre, que con un año y medio de antigüedad aun era (y es) totalmente novel. Caminando de vuelta a casa por una parte de avenida Nazca muy similar a Once, me encontré con una pequeña librería. Y allí, en vidriera, estaba Cineclub. Era el momento perfecto para que nos reuniéramos. Me lo llevé a casa.
Aunque no es un libro largo, me llevó un mes leerlo (coyunturas laboro-temporales de por medio). Desde las primeras páginas supe que iba a escribir un post sobre él, pero no quise hacerlo hasta pasar la última página. Lo que sucedió este fin de semana, dejándome con una sonrisa agridulce y una sensación de nostalgia y sabiduría (prestada) respecto a la experiencia de ser padre en momentos de crisis, y la inevitable partida de los hijos, que como dijo Khalil Gibran, no son nuestros sino de la vida.
En Cineclub, Gilmour cuenta la historia del momento en que descubrió que su hijo de 16 años no quería terminar la secundaria. Dándose cuenta de que, si lo presionaba, solo iba a conseguir que se alejara más, Gilmour le hizo una propuesta: darle permiso para dejar la secundaria, a cambio de que viera tres películas por semana con él. Jesse, el hijo, aceptó la propuesta.
Así comienza la historia: padre e hijo sentados frente a la TV, viendo una cuidada selección de cine de todas las épocas, con títulos como Los cuatrocientos Golpes, La dolce vita, Pulp Fiction, Showgirls, Annie Hall, Un tranvia llamado deseo, Nido de ratas, Robocop, El padrino, Mujer bonita, entre otras.
La ecléctica lista obedece a un lento proceso de "educación afectiva" realizada por Gilmour, en la cual cada título se relaciona con cuestiones emocionales y madurativas de Jesse.
Al mismo tiempo que se dan las sesiones de cine, la vida de Jesse continúa y Gilmour la sigue con atención, preocupación y devoción. Episodios dramáticos con mujeres, peligrosos con drogas, aburridos con trabajos mediocres, son acompañados por Gilmour sin ánimo represivo o aleccionador. En todo momento, Gilmour apuesta a que, por más que su hijo está en crisis, la inteligencia que ha fomentado en él desde pequeño y el profundo efecto de las películas que le está mostrando, llevarán a que Jesse salga adelante.
"Qué regalo tan raro, milagroso e inesperado fueron esos tres años en la vida de un joven, en un momento en que normalmente empiezan a cerrar la puerta a sus padres", reflexiona Gilmour al fina del libro. "Y qué suerte tuve al no tener trabajo y disponer de tanto tiempo libre. Días, tardes y noches. Tiempo" (esta reflexión me parece especialmente apropiada para los que están en nuestra profesión).
En lo que se refiere a la experiencia cinematográfica que relata el libro, pocas veces he leído un texto que reflejara mejor la relación entre el cine y la vida. Casi todas las ideas que expresa Gilmour en el libro respecto de las películas que ve con Jesse, se articulan alrededor de la relación entre el cine y la vida. En un sentido artístico, filosófico y práctico. Y lo que me pareció más excitante de esta visión, es que Gilmour, si bien aprecia la parte formal, se concentra en la médula de las películas: las historias que cuentan. Los guiones son la materia que le permiten generar el relato a través del cual irá guiando a Jesse hacia una nueva vida.
No les cuento más para no arruinar la experiencia de leer Cineclub.
Y luego, probablemente, rever la lista de películas que ayudaron a Jesse a atravesar la adolescencia hasta convertirse en hombre.

viernes 27 de noviembre de 2009
ESC.63 INT. TIEMPO FINAL-FINAL -- NOCHE

Se viene el último. De los míos, por lo menos.
La semana que viene, Fox va a pasar el capítulo El Hijo Perfecto de la tercer temporada de Tiempo Final. Junto a Clown y El Funeral, se completa la trilogía que tuve el gusto de escribir. Esta vez no tengo fotos para mostrarles, ya que se olvidaron de subirlas al sitio de Fox.
Creo que ya he hablado del placer que fue participar de esta serie (tanto por su temática, como por la gente con la que me tocó trabajar, de un profesionalismo y un buen trato increíble), así que no me voy a repetir.
Lamento no haber podido invitarlos, queridos lectores, a ver El Funeral, pero un cambio en la grilla de programación de Fox me lo impidió; de hecho, ni yo mismo pude verlo al aire, tuve que conformarme con un DVD que me hizo llegar la gente del canal (gracias Griego).
Si se llega a dar una repetición, aviso (no es que crea que las masas están esperándolo, pero me gusta compartir).
El Hijo Perfecto, martes 1º de diciembre a las 22 hs por Canal Fox. Nos vemos.
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