viernes, 26 de marzo de 2010

ESC.85 EXT. SHUTTER ISLAND -- DÍA

En estos diez días de descanso que me tomé desde el último post, entre otras cosas, volví a una vieja costumbre: ir a la primera función del cine. Entiendo perfectamente aquello de que ir a ver una película es un acto social, el de compartir un relato con una sala llena de personas, la energía que fluye, el inconsciente colectivo y la mar en coche. Valoro todo esto, pero a veces valoro más la tranquilidad de una sala casi vacía a la una o dos de la tarde, sobre todo ahora que los cines han sido condenados en su mayoría a cohabitar con los shoppings, lo que genera perturbaciones de todo tipo.
En fin, que fui al cine, a ver en pantalla grande Shutter Island, la última película de Martin Scorsese, uno de los últimos grandes directores de cine de la actualidad, a mi parecer. La premisa de la película (un dúo de policías es enviado a investigar un caso de desaparición en un hospital psiquiátrico-prisión enclavado en una isla de la cual, supuestamente, nadie puede escapar), me parecía interesante, y el trailer prometía imágenes poderosas. Scorsese probando por primera vez el lenguaje del suspenso, del terror. No hacía falta mucho más para tentarme.
Pero sí recibí mucho más de lo que esperaba.
Shutter Island, me hizo acordar a Cape Fear, la remake que Scorsese realizó en 1991 del clásico de 1962. En su momento, Cape Fear me sorprendió por su música de género ampulosa, su uso por momentos desquiciado de la cámara, esa intención de crear una suerte de hiperralismo a partir de un lenguaje de género que Scorsese "traiciona" en virtud de darle forma a su propio lenguaje. Shutter Island va por el mismo camino.
Basado en una novela de Dennis Lehane (autor de otras dos novelas llevadas con gran éxito al cine, Mystic River y Gone Baby Gone), el guión de Laeta Kalogradis le da el medio perfecto a Scorsese para insuflar al material de su propia visión: borrar las fronteras entre géneros de la manera en que le sirva mejor a la historia.


Shutter Island es, simultáneamente, una película de misterio, un thriller, una película de horror, y un film noir; pero no permite que ninguno de estos géneros las constriña, sino que extrae de ellos ciertos elementos nucleares y los conjuga para darle forma a un nuevo lenguaje. Quizá lo más preciso sea decir que es un film de suspenso psicológico, donde lo psicológico no es parte de la trama, sino que se convierte en la trama misma.
Podría decirse que, en su corazón, el guión trata sobre la percepción de la realidad. ¿Cómo la construimos, todos nosotros? Claramente, no es solo observando lo que sucede alrededor. Nuestra percepción de la realidad se construye a través de recuerdos, de sueños, de fantasías, de deseos: estos son los "lentes" a través de los cuáles miramos el devenir cotidiano de aquello que el conjunto de la humanidad ha decidido llamar realidad. Tanto Kalogradis como Scorsese parecen nutrir su película de este tipo de conceptos, de visión: lo que sucede en Shutter Island es lo que le sucede a los personajes internamente, antes que un asunto de trama. Aquí es donde abandona los géneros de los cuáles se nutre: la trama nunca se vuelve determinante de lo que sucede, sino que es solo una guía.
Quizá esté pecando de sobre-analizar. No lo sé. Queda en ustedes ver Shutter Island y corroborar, o no, alguna de estas observaciones.
O, en cualquier caso, simplemente disfrutar de una película increíble.

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martes, 16 de marzo de 2010

ESC.84 EXT./INT. IMAGINARIO SALVAJE -- DÍA

Max, vestido con su desgastado disfraz de lobo, parado sobre la mesa de la cocina, se enfrenta a su madre fingiendo displicencia y enojo: "aliméntame, mujer!". Ella lo observa sin poder creer que su hijo de 10 años pueda hablarle así. El hombre con el que está saliendo asiste mudo a esta escena desde el living. Tratando de imponer orden, la madre trata de bajarlo de la mesa. Max, animado por sentimientos que ni él mismo puede entender, la muerde. La madre se queda tiesa, acariciándose la mordida y mirando de nuevo fijamente a su hijo, como quien mira a un extraño. Asustado de sí mismo, de todo, Max huye de la casa en plena noche. Cruzando un bosque llega a una costa en la que espera un pequeño barco. Subiéndose, Max parte hacia los confines de su imaginación, en busca de una forma de resolver el dilema en el que se ha vuelto su mundo de padres divorciados, hermana adolescente y lejana, madre ocupada como único sostén de hogar, y más que todo, enojo, angustia y frustración propias.
Así empieza Where the Wild Things Are, la película de Spike Jonze que tenía pendiente de ver desde hace algunos post (ESC.78 INT. CINE Y VODKA -- NOCHE). 



Más allá de que la película me pareció bellísima (juicio totalmente subjetivo e imparcial, por supuesto), una de las cosas que más me llamó la atención fue el trabajo de guión de Jonze junto a Dave Eggers sobre el libro de Maurice Sendak
El libro de Sendak es una breve joya donde la palabra escrita pesa por expresiva pero, antes que nada, por sucinta. No es para nada sencillo ver en la escasa 20 frases que acompañan las ilustraciones, el material necesario para un largo. Otro tipo de director hubiera ido por el camino fácil: trabajar sobre el adjetivo "salvaje" y multiplicar situaciones sorprendentes, pintorescas, asustantes; incluso hubiera ido por el camino de la moralina. 
Jonze y Eggers, en cambio, eligieron sumergirse profundamente en aquello que el libro no revela a primera leída, y magnificar, por decirlo de algún modo, lo que encontraron allí. 



¿Por qué en el libro Max se viste de lobo y le dice a su madre "¡Voy a comerte!"? ¿Quiénes son aquellos monstruos que se rinden ante él, declarándolo Rey? ¿Por qué la soledad que siente entre sus súbditos lo llevan a volver al hogar?
Jonze y Eggers realizan un trabajo increíble respondiendo a estas preguntas para darle forma a un largo de 101 minutos. Eligen, incluso, darle un tono más "realista" al viaje fílmico de Max, a diferencia del libro donde es claramente mágico o imaginario: esta decisión redunda en hacernos sentir más cerca de sus emociones. Podemos vernos reflejados en él, y no solo con respecto a nuestra infancia.
Los animo a la experiencia de Where the Wild Things Are, tanto la de la película, como la del libro.
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lunes, 8 de marzo de 2010

ESC.83 EXT. CULTURA ZOMBIE -- NOCHE

Una de las cosas que uno suele hacer cuando está de vacaciones, es tratar de leer con un poco más de tranquilidad de la que se suele tener en el cotidiano. Luego de pasar rápidamente por las páginas de un típico bestseller de verano, me acerqué a una librería a buscar una novela sobre la que leí algunas reseñas interesantes (El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de Haruki Murakami). Mientras abonaba la cifra espantosa que cuestan hoy por hoy los libros, un objeto misterioso se instaló en la periferia de mi mirada. Lentamente giré la cabeza, con algo de miedo pero también atraído irremediablemente. El objeto, que no era más (¿menos?) que un libro, me enfrentó con una mueca burlona. Sentí que el vello de mi cuerpo se erizaba presa de un repentino frío. La novela estaba firmada por Jean Austen... y Seth Grahame-Smith. Su nombre era Orgullo y Prejuicio y Zombies.


Confundido, asustado, preocupado, conseguí salir de mi estado de estupor y abandoné la librería.
En cuanto llegué a mi casa vacacional, prendí la notebook y comencé a investigar la verdad sobre el monstruo que me había asaltado.
Al parecer, Mr. Grahame-Smith (escritor y productor cinematográfico), luego de escribir clásicos como The Big Book of Porn, The Spider-Man Handbook y How to Survive a Horror Movie, recibió inspiración de su editor Jason Rekulak, quien le propuso hacer una mezcla del clásico de Jean Austen con elementos del género zombie. Al parecer, llevaba varios años jugando con la idea (aquí es válido preguntarse "por qué").  Grahame-Smith se animó al desafío. Y consiguió un éxito editorial, el tercer lugar en la lista de libros más vendidos del New York Times.
Al parecer (no me puse a ojear el especimen porque huí, como se cuenta al principio), el chiste es parodiar la obra original insertando elementos del género zombies por "microcirugía" (expresión usada por el propio autor). En esta "nueva" versión, Elizabeth Bennet se encuentra en la búsqueda del amor y la independencia... en medio del estallido de una epidemia por la cual los muertos se transforman en viciosos asesinos.

Mientras que Orgullo y Prejuicio comienza así:

Es una verdad universalmente reconocida, que un hombre soltero poseedor de buena fortuna tiene que necesitar una mujer.

Orgullo y Prejuicio y Zombies, luego de la microcirugía, dice así:

Es una verdad universalmente reconocida que un zombie con cerebro necesita más cerebros.

Okey.
Como no podía ser de otra forma, el éxito derivó un nuevos súcubos: Sense and Sensibility and Sea Monsters, de Jane Austen y Ben H. Winters,


Abraham Lincoln: Vampire Hunter, 



nuevamente por la gracia de Grahame-Smith.
Okey.
¡Pero la cosa no termina aqui!
Natalie Portman, exquisita actriz a mi gusto, quizá aun no recuperada del disgusto de haber perdido a Gael García Bernal en manos de nuestro valor local, Dolores Fonzi, ha adquirido los derechos cinematográficos de Orgullo y Prejuicio y Zombies para poder llevarla a la pantalla grande, protagonizándola y, tal vez, dirigiéndola.
Imbuido del mismo espíritu juguetón (sin relación con Dolores Fonzi en este caso), Tim Burton ha hecho lo mismo con lo derechos de Abraham Lincoln: Vampire Hunter.
Okey.
Quiero creer que el objetivo de estas novelas es desacralizar la literatura clásica, desmitificar ciertos monstruos de las letras. Quiero creer que aquí se juega alguna lucha entre alta y baja cultura (si es que estas categorías existen). Quiero creer que esta "microcirugía" es algún tipo de experimento semántico.
Quiero creer que, sobre gustos, no hay nada escrito.
Compraría los libros para ver efectivamente de qué se tratan, pero son muy caros.
Mejor espero las películas.
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sábado, 6 de marzo de 2010

ESC.82 INT. ASADO DEL ALMA -- NOCHE

Sábado 6 de marzo. 22:00 horas. Estoy sentado en un deck de madera, observando el bosque nocturno que tengo enfrente. El lugar es Las Gaviotas, cerca de Villa Gesell. Aquí es dónde vine con mi familia a tomar un merecido descanso. A apagar el fuego de la quemazón. De fondo, el murmullo del mar promete suficiente agua como para aplacar todo el fuego que uno pueda llevar dentro.
Pero claro, no es sencillo. El mar, el aire purísimo, la noche repleta de sonidos mínimos y confortantes, a veces no alcanzan. Por dentro, la mente y el alma se resisten. La carga es mucha. Las ansiedades. El saber que a la vuelta espera una nueva ronda de proyectos, de sueños, de posibles contratos que pueden traer todo, o bien nada.
No es sencillo.
Las mismas notebook y banda ancha en medio del bosque que me permite estar subiendo este post, la mayor parte del tiempo me juegan en contra. Estoy en contacto permanente con las noticias del medio, de la industria. El mail es una tentación constante: ¿por qué esperar a que terminen las vacaciones para empezar a hacer contactos? ¿Por qué no empezar a mandar mails ya mismo?
Por que no. Porque en algún momento hay que parar.
Claro, también hay que decirle esto mismo a la cuenta del banco.
La argumentación interna no para. A veces pienso que no hay peor Terminator que la propia conciencia.
Y luego me acuerdo de algo. Desde que llegué, el momento de mayor relax lo logré haciendo un simple asado.
Lo había venido postergando por varios días (cuestiones climáticas y demás). Finalmente, encaré el tema.
Me enfoqué en ese tema. Prender el fuego, agregar hojas, piñas, aquellas cosas que ofrece el bosque, observar como el carbón llegaba a su estado justo, calentar la parrilla, preparar la carne y achuras, colocarlas sobre el fuego como un rompecabezas para que queden sobre el centro de calor, sentir como el humo impregna las fosas nasales, la ropa, observar como las manos quedan completamente tiznadas, como todo el cuerpo y los sentidos se comprometen en esa sola tarea.
El relax total. La mente alejada de todas las angustias, las tensiones, la televisión.
Ahora me doy cuenta de que aquí hay un aprendizaje. Los que nos dedicamos a esto trabajamos a destajo con la imaginación, con la mente. Horas y horas sentados frente a la máquina, metidos dentro de la pantalla. El cuerpo muchas veces dolorido. Ganamos mucho, pero también perdemos.
Creo que esto que perdemos, lo podemos recuperar poniendo el cuerpo y las manos en otra tarea. Involucrarnos físicamente en otras tareas. Y no me refiero a consabido y ciudadano gimnasio.
Hablo de esto, de hacer un asado. De armar una biblioteca. De hacerle a nuestros hijos una casita para jugar con madera, aunque nos tome meses, poner la mente y la energía en eso. Lastimarnos. Sangrar un poco, y no mentalmente: que caigan unas gotas de sangre sobre el piso, que veamos como nuestro ser se compromete con el mundo desde otro lugar.
Difícil aplicar estas ideas cuando volvemos a nuestros departamentos de tres ambientes de Caballito, Devoto, Palermo, Centro.
Será cuestión de hacer posible lo difícil. Si le damos vida a otros mundos, bien podemos crear el nuestro.
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