lunes, 5 de octubre de 2009

ESC.32 INT. MENTE AUTISTA -- DÍA

La persona que me ofreció el trabajo me lo advirtió: vas a trabajar con un tipo difícil, que cree tener siempre la razón. No era ni la primera ni la última vez; acepté. Fui a conocerlo con esta idea en mi cabeza. A la hora de charlar con él, sin embargo, me pareció alguien inteligente, simpático, incluso tímido. Me relajé: la experiencia no iba a ser tan mala, después de todo.
El trabajo estaba bloqueado, ya que los libros del programa volvían rebotados constantemente de la Instancia Superior a la que le cabía aprobarlos (y que me había contratado a mí para apoyar al equipo y destrabar la situación). Así que empecé de cero reuniendo la enorme cantidad de material generado a lo largo de tres años (ese era el tiempo que llevaban dando vueltas sobre lo mismo), y armé una nueva biblia que sirviera como un piso sólido.
El armado de una biblia suele ser un proceso largo, pero en este caso, el tiempo era un lujo del cual no se disponía: en cuatro meses había que tener ocho libros armados, corregidos y aprobados. Puede parecer mucho tiempo, pero por el tipo de proyecto, cada libro iba a requerir un tiempo importante de realización. Así que trabajábamos contra reloj.
La biblia avanzó lentamente, pero avanzó. Si hubiera sabido que no iba a servir de nada, realmente no habría puesto el esfuerzo y detalle que puse en ella.
Me di cuenta de cómo iban a ser la cosas cuando empezamos a trabajar en el siguiente paso: las sinopsis de los ocho capítulos. Entendí que el a-partir-de-aquí-llamado-Artista no se había molestado en interferir en el trabajo de la biblia, porque en realidad no tenía demasiado interés en ella. Sabía que necesitaba tenerla aprobada, y cuando cumplimentó ese pasó, simplemente la dejó de lado como algo anecdótico. De hecho, como trabaja más bien simbólico, fue necesario volver a ella una y otra vez para cambiarla y que coincidiera con aquellos cambios implícitos en el desarrollo de las sinopsis.
Aquí, cabe una aclaración: esto es algo normal en el desarrollo de la mayoría de los programas cuando empiezan. Pero los problemas aquí eran varios: teníamos una biblia aprobada, poco tiempo para resolver todo el proceso, y casi tres años de cuestiones ya conversadas, con cosas que uno supondría no era necesario cambiar. Pero cambiaban. ¿Para mejor? No siempre.
El Artista comenzó a mostrar su verdadero rostro: el del Autista.
Su mecanismo de trabajo era probar, por ensayo y error, prácticamente todo lo que pasaba por su cabeza. Aunque eso significara ir en contra de la biblia, en contra de otros capítulos, en contra de los personajes... y en contra del consejo de un servidor, que fue contratado justamente para emitir opinión profesional sobre la cuestión (aclaración: el Autista es un profesional realizador de un género muy particular, sin experiencia ninguna en guiones).
Una y otra vez, a pesar de mi advertencia (siempre fundamentada) sobre que determinada cosa no iba a funcionar, me encontraba con que el Autista la hacía igual, para darse cuenta varios días después de que no funcionaba.
Nunca se acercó a decirme "tenías razón". Al contrario, cierto día me miró con enojo apenas disimulado y me dijo que le molestaba que yo estuviera constantemente en oposición a él. Traté de explicarle que no era oposición: era hacer mi trabajo (que no se trataba, justamente, de decirle a todo que sí y sentarme a ver qué pasaba durante los siguientes dos años).
Porque, mientras tanto, la instancia superior que me había contratado quería saber cómo avanzaban las cosas... y no estaba contenta con lo que escuchaba. Empezaba a preocuparme que la cerrazón del Autista se reflejara en mí.
Después de decirme aquello de la oposición, el Autista desarrolló el reflejo de verme como el enemigo cada vez que expresaba una opinión diferente a la suya. Decirle que sí tampoco tenía demasiado efecto: simplemente cambiaba de opinión solo sobre las cosa que él mismo decía. El hombre estaba preso de una argumentación interna incesante, y completamente cerrado a escuchar lo que tenía para decirle (yo u otros).
En su defensa, tengo que reconocer que me cuesta lidiar con gente así, y mi tacto casi siempre de psicoanalista estaba agotado al mes de lidiar con él, lo que no ayudó a la situación. De todas formas, mi profesión es guionista, no psicoanalista. A cierta altura de la carrera, hay un cansancio a tolerar la locura ajena: uno quiere realizar su trabajo lo mejor posible sin tener que luchar contra algo que, en la mayoría de los casos, es imposible combatir; salvo que se tenga un botiquín bien surtido por un psiquiatra de confianza.
Cumplido el tercer mes de trabajo, era más que evidente que no íbamos a llegar de ninguna manera a la fecha estipulada. Presionado por el tiempo, el Autista no tuvo más remedio que delegar trabajo.
Las cosas comenzaron a moverse, pero se trabaron de nuevo cuando pasaron por el cuello de botella de su corrección final pre-envío. El material retrocedía, cambiaba, avanzaba, se frenaba, retrocedía, cambiaba... etc. Las sinopsis salieron de su máquina simplemente porque no tenía más tiempo para entregar. El esfuerzo pareció valer la pena cuando las sinopsis, aunque comentadas, fueron aprobadas.
Entramos entonces en la etapa de escaletas con algo de confianza. Infundada. Volvió a pasar lo mismo: el trabajo de escaleteo, se hiciera en la forma que se hiciera, era re hecho por el Autista, de manera caprichosa e inconsulta. Las cosas comenzaron a ir y volver hacia la Instancia Superior, que no se mostraba conforme con los resultados. El trabajo se empantanó y la fecha final de entrega se mostró definitivamente imposible.
En ese punto, cuando un servidor estaba más que preocupado, el Autista hizo una jugada inesperada: le comunicó a la Instancia Superior que le resultaba imposible trabajar conmigo, que él era un Artista y que no encontraba la forma de comunicarme sus ideas de forma tal que pudiera devolverle lo que él necesitaba. No pude estar más de acuerdo, y coincidió con mi propia charla con la Instancia sobre el hartazgo e inutilidad de lidiar con el Autista.
Me aparté del corazón del proyecto, aunque seguí trabajando para la Instancia Superior revisando el material. Cuando recibí el primer capítulo que se logró terminar, no pude sino lamentarme de la simpleza y en muchos casos grosería que contenía. Era obvio que el Artista tampoco podía comunicarse con él mismo para obtener ese producto tan especial y único que tenía intención de crear.
Por mi parte, salí de una situación que me generaba una enorme cantidad de estrés y frustración. Estoy seguro de que no va a ser la última, pero me alegra haber podido cortar con ella y que no me hundiera como profesional y como persona.
¿Una exageración? No lo creo.
Por lo menos en mi caso, este trabajo está conectado directamente con todo lo que considero importante en mi vida. Nada de lo que pasa en el trabajo deja de afectar el resto de mi existencia. Entonces, lidiar con imbéciles se transforma en un problema doble.
Nada comparado, de todas formas, con lo que le espera aun sufrir al Artista en manos del propio Autista.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece que todos los escritores tienen esa incertidumbre a la hora de crear. No me parece muy productivo que deleges en otro esa característica, digo que no acompañes esa obstrucción tratando de enriqecer la oscuridad q no permite ver lo que se quiere comunicar. No me parece fructifero q veas a esa persona como "enemigo", en vez de como par...

Marcelo Cabrera dijo...

La idea del post era reflejar cómo es trabajar con una persona con la que un proceso normal de trabajo (en el cual iluminar y allanar son la regla), es imposible. Se habla aquí de alguien imposible. Ojalá todo el mundo fuera tan sencillo como para poder poner en práctica tu consejo. La realidad indica que no.