lunes, 2 de noviembre de 2009

ESC.51 EXT. VIDEOBAR (FLASHBACK) -- NOCHE

Las veredas de mi pueblo, a esa hora de aquel poco orwelliano 1984, estaban completamente vacías. Nueve y media de la noche; invierno. La gente estaba refugiada en su casa, cenando. Si pasaba algún auto, se trataba de algún rezagado tratando de llegar a hacer exactamente lo mismo. La calle era solo para el frío y el murmullo del lago agitándose suavemente, cinco cuadras abajo. Y mis pasos un poco asustados. No por la soledad, sino por el sentimiento de estar acercándome a un momento distinto de mi vida. O la posibilidad de, al menos.
Todo empezó algunos meses antes. Siempre fui enamoradizo, pero aquel era mi primer flechazo adolescente. La chica de marras iba al secundario conmigo. Era linda, inteligente, simpática, y un poco distinta a todas. Como yo (lo de distinta, digo). La timidez extrema que tenía en esa época me hacía bastante complicado cualquier acercamiento romántico. Éramos, como mucho, amigos. Yo confiaba en que si me mantenía cerca de ella lo suficiente, las cosas podían cambiar (años después descubrí que esta fórmula solo conducía a la amistad).
Pero en ese momento era lo único en lo que podía pensar. Así que me mantenía cerca.
Esa tarde la escuché decir que iba a estar en el nuevo videobar que se había inaugurado en el pueblo algunos meses atrás, una novedad tan sorprendente como la existencia de la propia máquina de reproducir cintas VHS (artilugio que conocí una shockeante tarde en la casa de un amigo: shockeante por la máquina en sí, y porque la primer película que vi en ella fue Los Cazadores del Arca Perdida). Pasaban una función doble; los nombres de las películas no me decían nada, y tampoco importaba: era una oportunidad de estar con ella en un ambiente donde las cosas podían ser distintas por una vez.
Mis padres me dejaron ir solo a la primer "función", de 21 a 23. Teniendo en cuenta que era mi primera salida nocturna, no estaba mal. Es para anotar, ahora que lo pienso. Mi primer salida nocturna no fue a un asalto, como la mayoría de mis compañeros. Fue a ver una película. Con el fin de acercarme a una chica; pero a ver una película al fin y al cabo.
Entre al videobar con cierto resquemor. Era un ambiente totalmente desconocido, y la verdad es que toda la situación me asustaba un poco. El lugar era como un sótano en planta baja: oscuro, silencioso, tugurioso (por lo menos según mi experiencia en aquella época). Me quedé parado en la puerta, con algo de ganas de retroceder y volver a casa. Pero entonces la vi. No sé por qué había fantaseado que iba a estar sola, y que yo iba a llegar como un caballero salvador a regalarle mi entretenida y romántica compañía; la realidad era que estaba en una mesa con otras cuatro personas que ni conocía, charlando entretenida. Me quedé paralizado. La situación (acercarme a ella, saludarla, presentarme al resto del grupo, lograr que me invitaran a sentarme a la mesa) exigía un grado de seguridad en mí mismo que no tenía. Simplemente me dejé caer en una silla, más cerca de la puerta que de la pantalla, con la esperanza de que la situación se resolviera por sí sola.
Y lo hizo. Pero no de la manera en que pensaba.
Le pedí al mozo una coca y unos segundos después, las pocas luces que quedaba prendidas en el lugar se apagaron y se prendió el modesto 21 pulgadas que hacía de co-equiper de la revolucionara reproductora de video.
Una cámara realiza un travelling lento y silencioso por un pasillo de hotel lleno de sombras, ominoso, camino a la puerta del fondo, una suite. De fondo, se oye un viejo disco de música norteamericana, algo del 40. Una mucama aparece en escena, trayendo su aspiradora. Acaba de terminar otra habitación, y ahora va a dedicarse al pasillo. Su pie aparece en primer plano, bajando hacia el pedal de encendido y fundiendo la imagen a negro. A continuación, sobre el ruido del motor de las aspiradora convirtiéndose en el aullido del viento, se ven unos breves títulos en rojo sobre fondo negro: Metro Goldwyn Meyer Presents / An Alan Parker Film / Pink Floyd The Wall / By Roger Waters / Designed by Gerald Scarfe. La imagen vuelve y un hombre prende una lámpara de querosene, dentro de un búnker asolado por los ruidos de la segunda guerra mundial. Una voz comienza a cantar: "fue justo antes del amanecer / una mañana miserable / en el negro 44 / cuando al comandante le ordenaron sentarse y quedarse quieto. / Cuando preguntó si sus hombres podían retroceder / los generales le agradecieron / por detener los tanque enemigos por un rato. / Y la cabeza de playa de Anzio / fue sostenida al precio / de algunos cientos de vidas ordinarias". Luego, un niño corre alejándose de un arco de rubgy. Luego, el primer plano de un reloj de Mickey Mouse en la mano de una estrella de rock catatónica: Pink.
Así empezaba The Wall esa noche fría y solitaria de 1984. Qué mejor momento para comenzar.
Mientras la película avanzaba, me sucedió por primera vez aquello que luego sería una experiencia común: me olvidé de la chica que estaba siguiendo, me olvidé de mi propia timidez, del tugurio a mi alrededor, de la silla incómoda, de la coca en vaso con poco gas, y mi mente y mi espíritu se fueron al mundo que aquella película me proponía. Que la primera vez que me sucedía esto fuera con The Wall, creo hoy, no fue una casualidad. Fue destino. Todo en mí, a los 14 años, estaba listo para ser impactado por la música de Pink Floyd, por la animación de Gerald Scarfe, por la dirección de Alan Parker (que sería mi director preferido por muchos años luego de esa noche), y por la imaginación de Roger Waters.
Con el paso de los años, vi The Wall muchas, muchas veces más. En las primeras cinco, fui descubriendo niveles de la narración que no había visto antes, lo que me abrió la puerta a la posibilidad de múltiples niveles dentro de un mismo relato; por decirlo de otra manera, a la psicología del relato (o la del relator, que sería lo mismo). La concatenación de significados, imágenes y relaciones, de preguntas antes que respuestas, de técnicas narrativas y visuales, que propone The Wall, era algo que no había visto nunca antes (y que no vería mucho después, salvo en el caso de directores como Oliver Stone en Natural Born Killers o The Doors, Von Trier, Gaspar Noé, por citar algunos ejemplos): un "ataque" sostenido a los sentidos, sumado a un desafío constante a la capacidad de interpretación.
Tanto el álbum como la película, son un estudio de Roger Waters sobre la alienación en la sociedad moderna, sobre la muerte de su padre en la guerra, sobre lo que significa ser una estrella de rock, sobre el fanatismo sin sentido, entre otros temas. Aunque su capacidad "arquitectónica" es envidiable, sin duda The Wall es uno de los ejercicios de catarsis más grandes de la historia tanto del cine como de la música.
"Fue un período extraordinario", dice Alan Parker en el documental que acompaña la edición especial del 20 aniversario de la película, sobre la construcción del guión. "Lo que parecían ideas fragmentadas no lo eran para nada, Roger tenía muy claro lo que quería decir. Y era mi trabajo poner esas ideas en un guión, para hacer esas ideas cinemáticas". El guión se desarrolló a través de conversaciones entre Waters, Parker y Scarfe. “La intención de Waters nunca fue escribir un guión sino sencillamente ahondar en lasimágenes de su mente", dijo Parker en otra oportunidad; "lo más difícil del proceso fue abandonar los recursos teatrales de unespectáculo de rock para darle un enfoque cinematográfico”.
Este proceso dio como resultado un guión de apenas 50 páginas, eminentemente descriptivo, una guía sobre cómo las imágenes debían caer sobre las canciones, que fue re interpretado por Scarfe en un "extraño y surrealista storyboard", como lo llama Parker. Este sistema de trabajo llevó a Parker a filmar más de 60 horas y pasar más de ocho meses editando la versión final del filme, que tiene una duración de 99 minutos.
Toda la intensidad de este trabajo se nota en cada fotograma de The Wall. Una intensidad que atraviesa la pantalla incrustándose en la retina y la mente del espectador que está dispuesto a entregarse a ella.
Una vez leí la siguiente frase: "dime cuántas veces viste The Wall, y te diré quién eres". Creo que hay algo de verdad en ella.
Aquella noche de 1984, la película que iba a ser, boy-meet-girl, se transformó para mí en otra cosa. Quizá tenga que ver con elementos de mi propia historia, no lo sé: pero sí se que salí de aquel lugar víctima de un impacto que perdura hasta hoy.
Creo que la chica ni se enteró de que estuve ahí. Cuando me fui, ni me acordaba de ella.
Comenzaba a enamorarme de alguien más: el cine.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente tu relato...transporta.

Anónimo dijo...

Cuando salió de Wall, el disco doble, yo vivía en Río Gallegos, tendría unos diecisiete años y era un recién llegado ya que a mi papá lo habían traslado en YPF. Recuerdo que con algunos compañeros de colegio nos hicimos adictos a The Wall. Ya venía escuchando Pink Floyd gracias a otros compañeros de la secundaria en Buenos Aires pero The Wall era una locura que nos partía la cabeza. Era plena dictadura militar y el disco era perfecto para salir de la medianía y pensar que había otras lecturas del mundo que diferentes a las que se podían ver en ese momento. El paisaje del sur, el desierto patagónico, no la montaña, la militarización de la ciudad, la ramplonería de unos cuántos profesores y los vaivenes de la adolescencia, eran ideales para sentir que el disco había sido creado para nosotros, para entendernos y aliviar ese momento. Recuerdo andar horas en el auto, muchas veces solo, recorriendo los alrededores, o parado en el punto más alto ver la ciudad a la noche, cubierta de nieve y The Wall sonando. Cuando llegó la película fue un flash, y lo más alucinante: No decepcionaba. En nada. No sé cuántas veces la miré y ahora hace tiempo que no la veo, pero es el día de hoy que estoy convencido que si me hacen un ADN seguro encuentran parte de The Wall. Cuando me reincorporaron para Malvinas, no llegué a las islas porque el conflicto se detuvo antes, creo entendí a fondo de qué hablaba el material. Más de trescientos adolescentes metidos en un galpón donde entraban ciento cincuenta, durmiendo apiñados, con el fusil al lado, con hambre, sólo nos alimentábamos bien los que contábamos con dinero para comprar más alimento en la proveduría porque lo que nos daban era un filete de merluza por soldado y nada más, la gente que nos vitoreaba en las calles mientras en las manos llevábamos un Mauser 1918, lo juro, y escuchábamos que venía los gurkas con armamentos que incluían "mirada infraroja", más el lavado de cerebro de "van a venir los ingleses a violar a tu madre, a tu novia, a tu hermana", los simulacros de partida donde arrancábamos los más de mil que éramos y salíamos hacia El Palomar hasta que nos aclaraban que sólo había sido un simulacro, uf! y ceremonias como el día que vinieron "Las arañitas del Obelisco", que eran abuelas que tejían bufandas para nosotros, te darás una idea de lo que fue The Wall en mi vida.