martes, 24 de noviembre de 2009

ESC.61 EXT. SÚPER 8 -- DÍA

En el post anterior hablé sobre la fantasía de ponerme detrás de cámara alguna vez. Por supuesto, hablaba de una película de ficción, con todas las letras y aditamentos; porque la verdad es que ya he estado detrás de cámara algunas veces. En el taller de televisión de la Facultad de Comunicación dirigí algunos documentales: uno de ellos, sobre un titiritero, incluso se ganó un premio interno en la Facultad. Luego convencí a una productora local en mi pueblo para que me financiara un documental sobre las condiciones en las que vivía la gente "del otro lado del río", una suerte de línea imaginaria que divide el San Martín de los Andes turístico y acaudalado, del trabajador de clase media baja. También pasé por la increíble experiencia de coordinar la dirección de un documental sobre un compañero de cursada que fue secuestrado y asesinado por la Bonaerense, Miguel Bru.
Pero en lo que se refiere a ficción, tuve dos experiencias: una, también durante la facultad, fue el intento, Panasonic M8000 en mano, ayudado por amigos y actores no profesionales, de filmar (grabar sería más correcto), un cortometraje basado en la historieta de Moebius "Pesadilla Blanca", sobre un grupo de extremistas blancos que salen a matar inmigrantes por las noches. Nunca llegué a terminarlo (el director y actor francés Mathieu Kassovitz tuvo mejor suerte, como se puede ver aquí).
La otra experiencia fue durante la adolescencia. Viendo mi fanatismo por el cine, un pariente me regaló una filmadora de Súper 8 (que todavía conservo como un tesoro). Apenas la tuve entre mis manos, comencé a pergeñar cómo usarla.
Escribir el tosco guión fue lo menos complicado: me preocupé de que fuera una idea sencilla y realizable con lo que tenía a mano (la cámara, la ayuda de mi amigo Gustavo, una luz prestada por el director del teatro local, y la naturaleza a mi alrededor). Más complejo fue, aun en aquellos años 80, conseguir película de súper 8; y sobre todo en el extremo sur de Neuquén. Increíblemente, a la casa de fotografía más grande del lugar le quedaban algunos rollos... vencidos. No podían asegurarnos cómo iban a responder a la exposición. No nos importó, los compramos. Tampoco nos importó que el revelado fuera caro, complicado, y que se realizara a 600 kilómetros; o que conseguir una moviola casera fuera a ser casi imposible; o que apenas tuviéramos idea de cómo usar el fotómetro incorporado que traía la cámara. Nada importaba, más que salir a filmar.
Si cierro los ojos, todavía puedo escuchar el sonido de la filmadora rodando, un ronroneo mecánico pero extrañamente cálido, que invitaba y a dormir y a soñar.
También me acuerdo de estar agachado frente a una piedra, los dedos manchados de tempera, tratando de componer al personaje de la historia, un hombre que recibía un mensaje que lo enloquecía y que necesitaba purgar de su mente pintándolo donde fuera; un mensaje que venía de visitantes de otro mundo (años después, descubrí con sorpresa que a Steven Spielberg se le había ocurrido la idea antes que a mí, y que Richard Dreyfuss era un actor mucho más convincente).
Pero en ese momento estaba viviendo mi fantasía de ser director, totalmente compenetrado en mi actuación, pero sin dejar de estar atento a la historia, a cómo Gustavo manejaba la cámara, a la toma que seguía, y al run run de la filmadora mezclándose con el sonido omnipresente del río al lado del cual filmábamos. Ambos sonidos, el de la cámara y el del río, se mimetizaban extrañamente, generando una sensación de "útero fílmico" que se me hace inolvidable.
Por distintos temas, nunca llegamos a rodar más que la mitad del corto. Cuando mandamos lo rollos que teníamos a revelar, solo dos funcionaron: al resto, los mató el vencimiento.
Durante veinte años, guardé esos rollos como un tesoro, aunque no pudiera verlos. Cuando comenzaron a aparecer las casas que hacían transfer de súper 8 a video, los hice convertir. Verlos fue un momento increíble, gracioso, tierno.
Sin embargo, lo que más valoro son los rollos en sí, que siguen conmigo. Contienen algo más que las imágenes que quedaron impresas en ellos. Están llenos de futuro. Aun hoy. Y creo que lo estarán siempre.