jueves, 12 de noviembre de 2009

ESC.56 INT. LECTURAS PARA EL EGO -- DÍA

En los últimos tiempos he estado tratando de conseguir textos sobre guión que tuvieran relevancia para mi momento actual como guionista. Si están pensando que las coordenadas de esta búsqueda pueden llevar a encontrar miles de trabajos, tienen razón. Aun después de "peinar" esta información, me quedó material para entretenerme durante los próximos meses. Luego se me ocurrió que podía postear aquellas cosas que fuera encontrando y sintiera que valía la pena compartir con ustedes.

La primera que me pareció interesante es un extracto del libro LA PELÍCULA QUE NO SE VE, de Jean-Claude Carrière (Editorial Paidós, 1997). En el capítulo "La desaparición del guión", Carrière expone lo siguiente:"A veces se oye a un actor decir: «Voy a hacer esta película. El guión no vale mucho, pero mi papel es muy bueno». Nunca he entendido—yo, que escribo guiones—lo que significan frases como ésta. Ni siquiera cuando un amigo me dice, creyendo halagarme: «Me ha gustado mucho tu guión, y los diálogos me han parecido maravillosos, pero la película no era gran cosa». En estos casos, mi reacción es la perplejidad. (...) No me cabe en la cabeza una película bien dirigida y mal escrita (o viceversa): en resumidas cuentas, un monstruo, un híbrido casi inimaginable. Una película es siempre una sola cosa, un todo más o menos conseguido, con partes

mejores que otras. (...) Un buen guión es, en realidad, aquel que da lugar a un buen filme. Cuando el filme nace a la vida, el guión ya no existe. En la película ya terminada es, sin duda, aquello que se ve menos, esa primera forma aparentemente completa que, sin embargo, está destinada a transformarse, a desaparecer, a confundirse con otra forma, que será la definitiva.
Es bien sabido que, al final de un rodaje, el guión suele tirarse a la basura. Es rechazado, abandonado, destruido, ya no existe, porque se ha convertido en otra cosa. Con bastante frecuencia, he comparado esta inevitable metamorfosis con la oruga que se convierte en mariposa. El cuerpo de la oruga contiene ya todas las células, todos los colores de la mariposa, es su virtualidad. Pero aún no puede volar.
La esencia misma de su sustancia la destina al vuelo y

, sin embargo, se agarra torpemente a la rama de un árbol, a merced de los expectantes pájaros.
Cuando llega el momento y se transforma, cuando adquiere su forma definitiva y empieza a volar de flor en flor, de su primera apariencia sólo queda la piel, que el viento arranca finalmente de la rama. Así también el guión, olvidado como una oruga.
(...) El guionista es más cineasta que novelista. Evidentemente, nunca le perjudicará saber escribir (incluso puede resultarle muy útil, y no sólo en el mundo del cine), pero eso que denominamos “escritura cinematográfica” es un ejercicio específico y muy difícil que no se parece a ningún otro. Se trata de una escritura que se debe recordar a cada instante a sí misma, con insistencia casi obsesiva, que está destinada a desaparecer, a una inevitable metamorfosis. De todos los objetos relacionados con la literatura, el guión es aquel que cuenta con menos lectores: como mucho un centenar. Y todos buscan en él únicamente su interés particular y profesional. A menudo los actores sólo se fijan en su papel (lo que se llama una «lectura egoísta»), los productores y distribuidores en las posibilidades de éxito, el director de producción en los figurantes y los rodajes nocturnos, el ingeniero de sonido oirá ya el filme sólo con volver las páginas y el director de fotografía imaginará su luz, etcétera. Todo un abanico de lecturas individuales. Una herramienta que se lee, se anota, se disecciona... y se abandona. Sé que ciertos coleccionistas los conservan y que a veces incluso se publican, aunque sólo si el filme funciona: entonces sobreviven a sí mismos."

En algunos otros post, he hablado sobre mi sensación de que el guionista debe tener como meta despojarse de su ego (tarea difícil si la hay, en la que se mezclan otras situaciones, laborales, contractuales, etc.). Carrière, yo siento, habla sobre esto. Sobre la necesidad de llegar a este lugar.
Si nos hace mejores guionistas, habrá que seguir buscándolo.


Los Ángeles, 1972: (de izquierda a derecha) Robert Mulligan, William Wyler, George Cukor, Robert Wise, Jean-Claude Carrière, Serge Silberman; (sentados) Billy Wilder, George Stevens, Buñuel, Alfred Hitchcock, Rouben Mamoulian.