martes, 17 de noviembre de 2009

ESC.59 INT. LIBRO PRISIÓN (FLASHBACK) -- DÍA


Antes de encontrar mi (hasta el momento, porque nada está escrito en piedra) verdadera vocación como guionista, me dedicaba a escribir prosa y algo de poesía. Hice el camino del guerrero de las letras: empecé a los 10 años a escribir cuentos tratando de imitar cosas que había leído; luego comencé a tratar de escribir historias de género, que me daban un marco de referencia; más tarde, ya entrado en la adolescencia, me permití la catarsis de la poesía; después llegó la hora de comenzar a escribir historias más personales, tratando de analizar cuál era la estructura detrás de la prosa, buscando un estilo al mismo tiempo que una técnica.
Esta época coincidió, y no casualmente, con cierta voracidad por consumir todos los libros de "literatura seria" que tenía a la mano en la biblioteca de mis padres. Herman Hesse, Gabriel García Márquez, Oscar Wilde, Benedetti, Aldous Huxley, Vargas Llosa, Hemingway, y no creo que tenga que seguir con la lista porque muchos de ustedes ya se la conocerán, habiéndola repasado también en su momento.
El escritor que mayor impacto tuvo en mí, en esa época, fue (oh sorpresa) Gabriel García Márquez. Su impacto sobre mí fue tal, que terminó volviéndose negativo, y de eso va este post.

Lo primero que leí de GGM fue el libro de cuentos Ojos de Perro Azul. Fue una experiencia única, no solo un acontecimiento literario, sino vital en todo sentido. De hecho, el cuento que le da nombre al libro fue el primer texto que traté de adaptar a guión: sus descripciones excitaban mi imaginación visual a tal punto, que necesité re-expresar la historia del cuento de manera que reflejara aquello que veía en mi mente.
Seguí con otros de sus libros de cuentos, hasta que me animé a Cien Años de Soledad. Y fue el shock definitivo. No soy de acordarme de frase textuales de libros, pero las lineas finales de esa novela están clavadas en mi memoria desde hace más de 25 años: "las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra".
Aquel libro tuvo dos efectos, uno inmediato y otro retardado. El inmediato fue terminar de convencerme de que debía dedicarme a escribir como oficio.
El retardado fue casi impedirme hacerlo.

Hace poco estuve conversando largamente con una amiga que también escribe, y había vivido una experiencia similar, con lo cual puedo suponer que no seamos los únicos.
Me refiero al peso que produce determinada literatura en aquellos que deciden dedicarse a la palabra escrita en sus distintas formas.
Es que, luego de leer Cien Años de Soledad, ¿a qué se puede aspirar como escritor? ¿Cómo no sentir que es una obligación trabajar duro para acceder a esas alturas? ¿Cómo evitar sentir que cualquier cosa que uno escriba va a ser pueril, vana, en comparación con ese libro (y con la mayoría de los libros de los autores que mencioné antes?
Ese fue el mal que me aquejó. Me di cuenta de que podía seguir puliendo la parte técnica de mi escritura, pero que solo estaba ganado tiempo antes de enfrentarme al problema real: el tema. ¿Qué tema podía elegir, de qué podía hablar, que tuviera sentido, relevancia? Luego de un tiempo, llegué a una triste conclusión: ninguno.
No tenía nada suficientemente importante, profundo, como para decirle al mundo. Quizá pudiera encontrar en el camino del cuento ciertos trucos que dieran una imagen de relevancia, pero no serían más que eso, trucos.
Estudiar periodismo me ayudó a canalizar esa angustia existencial. La escritura periodística me daba un salvavidas estructural que me permitía olvidarme del peso de la experimentación formal (aunque sin dejarla del todo de lado), y los objetivos de la carrera me inspiraban a poder encontrar la "relevancia" a través de la investigación y la denuncia de todo lo malo que sucedía en el mundo.
Trabajé diez años como periodista. Hubieron buenos momentos profesionales en esos diez años. Sin embargo, el lenguaje periodístico se me empezó a aparecer como un patio muy pequeño; la prosa me acechaba desde un rincón de mi alma, y el peso ejercido por la necesidad de decir algo igual de importante que algunos de los grandes, me aplastaba aun el corazón. Estaba atrapado.
El Nuevo Periodismo, Stephen King, el cine y la TV me salvaron.

Desde que leí El Resplandor, a los 16 años, he sido fanático de King. Pero luego de meterme con la "literatura seria", lo puse en estante de la "literatura menor", junto con mis viejos amores de ciencia ficción. Cuando su obra se editó casi completa en libros de bolsillo, comencé a leer todos sus libros que no había leído. Principalmente La Zona Muerta y Christine me impactaron por la calidad de su escritura, más allá del tema de la obras.
Del Nuevo Periodismo, descubrir a Tom Wolfe, Norman Mailer, e, indirectamente, a Truman Capote, me abrió los ojos a una literatura donde la "grandeza" estaba en la observación casi documental (pero a su vez, en cierta forma, guionada) de la realidad. El "tema" podía ser encontrado en multitud de lugares, y expresado en múltiples formas.
Esta mirada me llevó a observar el cine y la televisión de otra forma, viendo entre lineas que aquello que solo parecía diversión, podía tener un relato altamente articulado, con un tema importante expresado de una forma accesible.

Pero sobre todo, lo que sentí es que todos aquellos autores estaban escribiendo sobre algo que les divertía. Su literatura era gozosa. No quiero decir con esto que GGM no haya disfrutado escribiendo sus obras (no tengo forma de saberlo) pero, por lo menos en la página, esa felicidad no trasciende.
Si no quería ser yo el que sufriera esos cien años de soledad, tenía que romper con ese yugo.
Y fue entonces que me liberé definitivamente. Si quería escribir, tenía que hacerlo dentro de un terreno que me produjera felicidad. Si el cine, la televisión, la literatura de género, o el nuevo periodismo, me hacía feliz, tenía que dedicarme a ellos.
El "deber ser" no era importante. Tan solo el "ser".
Y aquí estoy ahora. Disfrutando cada página que escribo, y escribiendo cada idea que disfruto.
No todos podemos ser Joyce. Pero todos tenemos que ser nosotros mismos.

2 comentarios:

Bianca dijo...

Querido amigo aventurero:
Quiero expresarte que hacia mucho tiempo que no esperaba ,con tanto detenimiento, tus aventuras . Como los niños,no??? Cuando hoy recordabas tus lecturas del Gabo, me emocione mucho.....En esos años,sentia lo mismo....... esos recuerdos,emociones quedan adentro y aprentemente se olvidan......... Pues, vos las trajiste nuevamente aqui!!!!
Recorde de pronto que a mi pequeña hija,en aquel entonces, todos decian que FLOTABA y que parecia Milagritos......Pasaron muchos años y un buen dia conoci a GGM....eramos vecinos de departamento en la EICTV.....que penita!!!! penita por mi!!!! Tiene mal caracter.....y comence a odiarlo...........del odio pase a la pena... de la pena al olvido.......(tango o bolero))) y con su novela de las tristes putas..... listo!!! ya no lo leo...
la generacion de ustedes nos ha ganado.... digo!!!
Sigue!!!!!!!

Mónica dijo...

Hola Marcelo! Como me encanta leerte! Y quiero decirte que notas como esta ademas, me ayudan muchisimo a pensar en escribir, no como novelista sino desde mi profesion. Cariños.