martes, 26 de enero de 2010

ESC.73 EXT. ROMANOS & LIBROS (FLASHBACK) -- DÍA

En San Martín de los Andes, allá a mediados de los 80, había apenas dos librerías. Tres, en realidad. O una. Todo depende del ojo del observador. La única librería de verdad estaba llena de ejemplares "de catálogo", como las que aun pueden verse en calle Corrientes. Sin embargo, era un lugar agradable: el dueño era un amigo, y mi madre trabajó allí un tiempo. Fue la primera en cerrar.
Las otras dos "librerías" eran en realidad comercios de otro tipo, que incluían libros. Una de ellas (Athos Tabac) era el principal kiosco de diarios y revistas, y tenían la buena conciencia de traer otros productos de lectura que podían ser considerados interesantes. La otra (La Bámbola), era al mismo tiempo casa de regalos, disquería y librería en grado mínimo.
En la vidriera de esta última fue que lo vi. Diecisiete por veintidós. Tapa negra, diseño clásico. Trescientas páginas de papel pesado y resistente. Se llamaba "El libro del cineasta amateur", y el autor en tapa se mencionaba solo como "Monier". No tenía idea de quién pudiera ser este buen señor, pero sí me enamoré rápidamente de la idea de poder tener entre mis manos un "manual" que encerrara la respuesta a algunos de los misterios de ese arte que había comenzado a desvelarme.
Entré a la librería y pedí verlo. Era pesado, duro, kilo/kilo y medio de sabiduría. El nombre completo del autor era Pierre Monier, el título original era Le Nouveau Cineaste Amateur, y aunque la edición española databa de 1976, el original era de 1957.
En aquella época, toda esa información no me decía mucho. Aun cuando comencé a hojear el libro y las fotos me parecieron extrañamente antiguas, no medité mucho sobre la actualidad del texto en relación con lo que era el séptimo arte en ese momento. Cualquier cosa que leyera, iba a contener información preciosa para mí, que era un lego completo.
La concreción definitiva de aquel amor imposible llegó de la mano del precio: empezaba con el número 5, pero no me acuerdo cuántos ceros iban después, ni de cuál moneda argentina se trataba. Lo que sí era seguro, es que no podía pagarlo. Me resultaba carísimo para aquella época.
El libro regresó a la vidriera y yo, a la calle.
A lo largo de aquel año, cada paseo mío por el centro de San Martín, incluía una pasada por La Bámbola para ver si el libro continuaba allí. Una vez entré a preguntar cualquier otra cosa, solo para asegurarme que el libro, que ya no estaba en vidriera, continuara en la mesa interior de la librería. Sí, lo estaba. No, aun no podía comprarlo.
Y entonces, intercedió el cine... quiero decir, el destino.
Llegó el verano, y el rumor se extendió rápidamente por todo el pueblo: un grupo de cineastas canadienses iba a filmar una película en el pueblo. El nombre del film iba a ser Normanicus (aunque luego se estrenó con el nombre de Norman's Awesome Experience). La cosa iba así: un científico americano llamado Norman, era transportado accidentalmente en el tiempo junto a una modelo y su fotógrafo de modas, hasta llegar a la Suiza controlada por los romanos, en el siglo 1 después de Cristo. Los viajeros convencen rusticos aldeanos suizos de que combatan contra las fuerzas del malvado emperador Nerón.
Se entiende que la experiencia de Norman fuera "awesome".
Gracias a las vicisitudes de la economía internacional, filmar en San Martín de los Andes era más económico que ir a Suiza, así que allí llegó el carnaval del equipo canadiense a filmar su película, y revolucionando temporalmente el pueblo. En principio, los que más trabajo se llevaron, fueron los carpinteros que contrataron para construir la villa de los guerreros. Era magnífica de ver, aunque fuera espantosa: era parte del proceso cinematográfico.



Luego llegó el turno de la filmación. Muchos conocidos comenzaron a formar parte de las jornadas: a uno de ellos le pagaron un excelente dinero por lanzarse a lago desde 20 metros de altura. Verlo caer como un meteorito fue la primer demostración que tuve de que en el cine, no todo es simple "parecer".
Las últimas dos semanas de filmación, fueron dejadas para lidiar con las complicaciones de las escenas de lucha entre el ejercito romano y los "salvajes". Allí iban a ser necesarios decenas de extras, y comprendí que era mi oportunidad de ver la película desde dentro. Me anoté como extra. Me tomaron como soldado romano. Será el 75% de sangre italiana que llevo dentro.
Las dos semanas fueron pesadas y larguísimas. El set daba la impresión de ser bastante caótico, determinadas situaciones quedaban en una nebulosa entre drama, comedia y acción. Trataban de enseñarnos a marchar en formación, pero con solo un día era imposible lucir siquiera como un ejercito de romanos de jardín de infantes. Por mi parte, tenía puesto un peto metálico hecho de un metal liviano, que se recalentaba al rayo del sol y me quemaba el cuello y los hombros.
A la semana de sufrir quemazones, me pasé sin pedir permiso al bando de los arqueros: el peto era de cuero en vez de metal, y teníamos arcos y flechas. Las flechas tenían punta de goma, pero los arcos estaban bien tensos; definitivamente, comprendí que eran peligrosos cuando una flecha se me escapó trazando un amplio arco y pasando a escasos centímetros de la cabeza del director. Se puede decir que estuve apunto de entrar al mundo del cine de manera espectacular... por la puerta delictiva.
Pero el director sobrevivió, y yo pasé dos semanas maravillosas escuchando los consabidos "acción", "cut", viendo como acomodaban las luces, observando las cámaras (en un post anterior, comenté la sensación de mirar por primera vez a través de la óptica de la cámara 35 mm... bigger than life), viendo stunts geniales (incluyendo una bola de fuego que dio de lleno sobre un camarógrafo), sintiéndome parte del proceso de creación de la magia que me deslumbraba cada viernes o sábado desde la butaca.

Pasadas las dos semanas, cobre lo que me correspondía. Contando el dinero, entendí que algo maravilloso extra había ocurrido.
Tenía el dinero justo para el libro.
Fui hasta La Bámbola y lo pedí. Por reflejo, pregunté el precio. Con gesto confuso, la señora que atendía el lugar me dijo 3,5... ella creía haberlo visto más caro, yo sabía que estaba más caro, pero si ese era el precio aquel día de verano, iluminado por el efectivo que me había dejado Normanicus, entonces no había mucho más que aclarar.
El Libro del Cineasta Amateur llegó así a mis manos, cine provisto por el cine.
Descubrí que no era un gran libro, e incluso en contraposición con lo que acababa de vivir, se me hacía patente que el texto había envejecido. Sin embarg, disfruté cada página (aun aquellas que no leí).
El libro aun está conmigo, me ha acompañado en incontables mudanzas.
Y seguirá conmigo. Porque es un símbolo.
Símbolo del comienzo de un viaje que aun no ha terminado, y que espero que no termine nunca.


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4 comentarios:

budoson dijo...

Fant´astica historia.

Angel Rodrigo Baron dijo...

yo participe en la pelicula y actue de extra .
todas las noches el director y los artistas iban a tomar algo a un bar en el pueblo que se llamaba ku-bar
era una revolucion en el pueblo todos querian participar de la pelicula me pase unas vacaciones hermosas

FGuty dijo...

Excelente historia. Me hiciste acordar de algunos lugares que ya se me habian borrado.
Yo tambien participé como extra en la película. Esos viajes diarios a Quila Quina despues de habernos gastado "el jornal" en el Hotel Sol o en la Tablerna son memorables.
Cuando le cuento a mis amigos de esa experiencia no lo pueden creer! La verdad... si nbo la hubiese vivido no la creería. Fue increible! Estoy buscando la pelicula para poder mostrársela a mis hijos, pero hasta ahora no he tenido suerte.

Pablo Elustondo dijo...

Hola!, yo tambien participe en la pelicula, as de un mes, hasta fui dle group de "stunts" andando a caballo...saltando en cajas... muriendo muchas veces :)...

Que grande. alguie sabe como conseguir la pelicula??

(Ahora vivo en Canada, Toronto)