martes, 3 de agosto de 2010

ESC.127 INT. MIGRÉ -- DÍA

Esta semana, por alguna razón que no llego a descubrir, me estuvo rondando el nombre de Alberto Migré. Mis recuerdos más concretos de él tienen que ver con algunas las telenovelas que miraban mis abuelas en mi infancia. No me gustaban esas telenovelas, y por consiguiente pasó a no gustarme Alberto Migré. Pasaron los años, y terminé escribiendo telenovelas, en principio como camino a otra cosa, y luego, en algunos casos, por gusto. A medida que conocí el lenguaje, aprendí a apreciar el trabajo de Migré. Si bien no me compraría una de sus telenovelas en DVD para verla de un tirón, entendí por qué escribía como escribía, su narrativa, cómo representaba su época, cuál era su estética, y sobre todo, su ética de trabajo.
Revolviendo algunos papeles viejos, encontré una entrevista que le realizó Radar, el suplemento de Página 12, en junio de 1998.
Aquí van algunos fragmentos de la misma, para quien quiera apreciarlos.

  La vida no termina bien. Más de la mitad de las cosas que uno emprende con entusiasmo terminan mal. No sé por qué es así, pero terminan mal. Por eso a veces me arrepiento de algunos finales. Pienso: ¿y si se hubieran salvado? La gente espera para todo: para irse de vacaciones, para comprarse un auto, una casa. Y también espera diez meses los 290 capítulos de una tira, y a mí se me ocurre terminarla mal. A veces eso puede ser una falta de respeto.

Nunca voy a olvidar a la mujer que al día siguiente de que terminara Sola, con Zulma Faiad, me dijo: “Migré, usted no tenía derecho a escribir ese final y a amargarme la vida como me la amargó”. Y me enumeró una serie de motivos muy válidos. Creo que si me hubiese encarado un día antes, le cambiaba el final. Aunque también hay gente que me escribe o me regala cosas y me dice: “Que Dios lo bendiga”.

Muchos me dicen que estoy antiguo, porque quiero rescatar la palabra, quiero que los actores hablen. Si un personaje se tiene que relacionar con otro y tiene que exponer los motivos por los que otro personaje le hizo daño, tiene que estudiar un texto. Pero parece que es mucho más fácil para el actor si dice: “Me cagó”.

Para mí, la tecnología llega hasta el liquid paper. La computadora no me ayudaría. Me parece fascinante que un chiquito de Neuquén le pueda cantar un aire dulce a un niño de Japón, pero yo, mientras escribo, cuando algo no me gusta o me trabo, le doy trompadas a la máquina, y no creo que una computadora resista tanto los golpes.

Durante toda mi vida escribir fue un trabajo: cuando no tenía dos programas, tenía tres o cuatro. Un capítulo me lleva más o menos dieciséis horas y siempre hice un capítulo por día. Y nunca me pasó eso de que no se me ocurriera nada. A lo sumo quedo trabado y no puedo seguir, y Juan no le puede contestar a Marta, pero en esos casos sé que el error está cuatro líneas más arriba o en la página anterior: una vez que corrijo eso, vuelvo a correr.

Si Shakespeare viviese, por supuesto que escribiría telenovelas. Es claro que cuando escribía tenía que tener mucho cuidado porque los teatros de su época eran tan cerrados que, durante sus obras, los muertos se acumulaban en el escenario. Escribía para decorados, y eso es ser un escritor de telenovelas.

La felicidad, contada, resulta aburridísima. Los encuentros son bellos, pero fugaces. Lo que puede durar es la historia de una desgracia. Un desencuentro, con pequeños encuentros que sirvan de excusa para otro desencuentro.

Soy un pésimo creyente. A veces creo y a veces no. Pero hay ciertas cosas que no deberían suceder. Prefiero a los griegos, con esa sarta de dioses que se odian, se adoran, se desheredan, tienen hijos y comparten la novia con el hijo. Eso me parece más normal. El otro, como todo lo que es perfecto, me causa horror y me despierta muchas sospechas.

A veces miro el cielo y pasan esos vientos huracanados que duran un minuto y después se desvanecen, y leo en los diarios sobre estos aluviones de barro que borran un pueblo del mapa. Las montañas se van a hundir y los mares subirán. Está escrito, pero no lo queremos leer, porque ya no se lee. Quedarán tres o cuatro y volverán a contar una historia. Y, hasta entonces... roña.


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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Impecable tu manera de entender y describir el texto y el contexto de las obras de Migré.
Tus cometarios siempre dejan abierto el imaginario y las ganas de aprender y compartir

Marcelo Cabrera dijo...

Gracias por tus palabras!