miércoles, 4 de mayo de 2011

ESC.197 INT. PENSAR CON LAS MANOS -- DÍA

Cuando empecé a escribir, a los 10 años, lo hacía a mano. Con lapicera, en cuadernos de tapa blanda o dura, lo que hubiera a mano, aprovechando los reglones para darle cause a mi imaginación en letra cursiva. Recién en segundo año de la facultad pude comprarme una máquina de escribir usada. Las computadoras eran algo poco común por aquel entonces (aunque no estamos hablando de los 70's, sino de 1989). Y realmente sentí el cambio. Escribir a mano tenía algo especial. De puño y letra, la conexión con lo escrito era extremadamente visceral. Quizá tuviera que ver con el cansancio que producía, con el dolor en los dedos, en la muñeca. El acto de escribir se hacía realmente carne en uno. La llegada de la máquina de escribir facilitó las cosas, sin duda, pero también puso una distancia con el papel y con el material. Ahora escribía interposita máquina. El hecho de llenar hoja tras hoja A4 también cambió la percepción de lo escrito, agregándole un componente visual: ahora era posible, por lo menos para mí, apreciar el ritmo en el tamaño y distribución de los párrafos. Esto colocó ya una suerte de filtro para que la escritura dejara de ser exclusivamente un flujo de conciencia. Con la máquina de escribir, por otro lado, uno se acercaba más al mundo de los libros impresos. La escritura tomaba un carácter más serio. Y luego, varios años después, llegó la computadora, agregándole nuevas dimensiones al asunto: el texto se hizo mucho más maleable, accesible desde la forma y enriquecido por elementos de ayuda, una suerte de edición en progreso.
Lo único que hermana a la escritura a mano, a máquina y vía PC, son las manos. Ya sé, parece una perogrullada. Pero he descubierto que, después de casi 30 años escribiendo en forma prácticamente ininterrumpida, he llegado al punto en el cual pienso a través de las manos. Hay escritores, como lo hizo Borges luego de quedar ciego, que dictan sus textos a alguien que los transcribe. Hoy, las computadoras permiten la versión moderna de esto: softwares que interpretan la voz y la transforman en texto. No sé si podría usar algunos de estos dos métodos. Mi sensación es que solo cuando pongo las manos en el teclado, mi imaginación se desbloquea de la manera necesaria para poder escribir. Por supuesto que las ideas llegan en cualquier momento, incluso es posible imaginar oraciones completas sin poner un dedo en el teclado. Pero es cuando lo hago, que el arte de la escritura llega definitivamente a mí. Es más, ni siquiera necesito los ojos: he probado de escribir largos párrafos con los ojos cerrados sin error.
Las manos sin mi varita mágica.

Toda esta reflexión llega en relación a la lectura del artículo La máquina de escribir que se compró Nietzsche o cómo cambia nuestra escritura cuando usamos un ordenador, publicado en el blog Papel en Blanco. Allí, Sergio Parra dice:

Tendemos a pensar que nacemos en blanco, cual tabula rasa, y que son las experiencias vividas las que conforman nuestra personalidad, sobre todo en los primeros años de nuestra vida. La ciencia, sin embargo, cada vez encuentra más evidencias de que no sólo nacemos con patrones bastante inmutables de conducta (impuestos por nuestra herencia genética) sino que precisamente son pequeños detalles en apariencia anodinos los que definen como somos (...) Un ejemplo de cómo un detalle nimio puede influir no sólo en la forma en que se escriben los libros sino incluso en el contenido de los libros y en todo el universo intelectual que emana de ellos es el de las máquinas de escribir.
A partir de 1879, el filósofo Friederich Nietzsche sufría problemas de salud que le dificultaban la tarea de leer y escribir. Sobre todo por los fuertes dolores de cabeza y los incontrolables vómitos. Hasta que se le ocurrió la feliz idea de recurrir a la tecnología. Durante las primeras semanas de 1882, Nietzsche recibió en su domicilio una máquina de escribir danesa, una Writing Ball Malling-Hansen. Nietzsche empezó a escribir con aquel artilugio, cada vez más maravillado con sus posibilidades. Incluso aprendió a escribir con los ojos cerrados, usando sólo la punta de los dedos.
Tanto le fascinaba aquella suerte de transductor de su mente que incluso le dedicó una oda: "Como yo, estás hecha de hierro mas eres frágil en los viajes. Paciencia y tacto en abundancia, Con dedos diestros, exigimos."  Sin embargo, algo extraño empezó a ocurrir con los textos que mecanografiaba el filósofo. Algo que propios y extraños notaron sin ninguna duda. (...) Uno de sus mejores amigos, el escritor y compositor Henrich Köselitz, también se lo señaló, tal y como explica Nicholas Carr:
"La prosa de Nietzsche se había vuelto más estricta, más telegráfica. También poseía una contundencia nueva, como si la potencia de la máquina (su “hierro”), en virtud de algún misterioso mecanismo metafísico, se transmitiera a las palabras impresas de la página. “Hasta puede que este instrumento os alumbre un nuevo idioma”, le escribió Köselitz en una carta, señalando que, en su propio trabajo, “mis pensamientos, los pensamientos musicales y los verbales, a menudo dependen de la calidad de la pluma y el papel.” “Tenéis razón”, le respondió Nietzsche. “Nuestros útiles de escritura participan en la formación de nuestros pensamientos."

Les recomiendo la lectura del artículo completo. Realmente una pequeña joya.

4 comentarios:

Karina dijo...

Sin dudas, la escritura es visceral. La mano, apoyada en un teclado o sosteniendo una lapicera, es un simple conductor de aquello que vuela por dentro. Claro, el intermediario puede ser más pequeño, maleable, se deja hacer con más facilidad.
En mi caso, cuando escribo artículos, guiones o textos "laborales" puedo hacerlo directo sobre el teclado. Pero la poesía, ay la poesía, pide aquella birome con alas.
Felicitaciones por el blog!!!
Karina

Anónimo dijo...

Es viceral coincido. escribir es como la risa, la lagrima que se contiene y se derrama, el abrazo que se da, el fantasma que no nos deja dormir.
SEa como sea a pc o máquina... se puede decir cualquier cosa. Pero
LA poesia y la carta deben ser a mano sosteniendo una birome, mirando el techo, tomando cafe, sosteniendo el pucho, el silencio y la ferocidad de las palabras.

marie

Marcelo dijo...

Claramente, coincido con ambas, estimadas! Mis épocas de poesía quedaron atrás, pero sin duda era algo de lapicera en mano. En definitiva, lo importante es escribir, que para uno es como respirar.

Anónimo dijo...

me siento muy identificada con tus reflexiones. mi pereza y mi inspiracion siguen jugando con el cuadernito y con la notebook por igual. cuando logro atrapar a la musa, mis manos vuelan felices sobre el rivadavia tapa dura o sobre el negro teclado.